sábado, 4 de abril de 2020

"Ser de Boca es un regalo de Dios” ( Antonio Cafiero, 2010)


   Ayer, 3 de Abril, Boca cumplió 115 años Boca, sin dudas, el equipo más popular de la Argentina y el que mayores pasiones ( a favor y en contra despierta), tiene y tuvo muchos hinchas famosos, entre ellos estuvo Antonio Cafiero, activo participante del peronismo en particular y de la política nacional en general durante casi 50 años. En 2010 fue entrevistado por la revista Un Canio, en la que describió su fanatismo, dejando una frase marcatoria de su pasión la Ser de Boca es un regalo de Dios”


  Empezaba antes de que se le hiciera la primera pregunta: “ hincha de Boca, hincha de Boca se nace. No cualquiera puede ser hincha de Boca, tiene que reunir condiciones: amor y fidelidad a sus colores, fervor, ánimo ganador, sentirse parte de una mayoría popular y de un proyecto colectivo”. “Es una concepción de vida”, resumía.

  Cafiero agregaba que la afirmación no entraba en discusión, aunque “Quizás, admitiría, que el único que se le parece al boquense es el de Racing, porque compartimos una magia especial que no tienen otras instituciones. Pero, los de Boca tenemos, cómo decirlo… una gracia, un don, como un regalo que nos hizo Dios. Y si no tenés esa gracia, estás jodido: no podés ser hincha de Boca”. Se suele decir que el fútbol es una religión ( en la realidad tiene muchos puntos en común, cuando se analiza el fanatismo y las prácticas:” Yo soy creyente; si no lo fuera, tampoco sería de Boca. Ser de Boca y ser creyente es lo mismo”

  Tal es la pasión que tuvo Antonio Cafiero, fallecido en 2014 a los 92 años que en su libro "Militancia sin tiempo" incluyó un capítulo La pasión boquense, donde narra la historia de pasión “bostera”. Asegura que nació de Boca, aún cuando su padre, un hincha fanático de River, hizo todo lo posible para evitarlo. El padre del ex ministro peronista gobernador de la Provincia de Buenos Aieres, embajador y legislador lo asoció a River, de chiquito lo llevó a la vieja cancha de tablones de madera de Libertador y Tagle y nunca dejó de pagarle la cuota societaria, por lo que hoy Cafiero ostenta la extraña condición de ser socio vitalicio de las dos instituciones archirrivales.

  –¿Cómo se dio cuenta de que quería ser de Boca y no de River como su padre?

  –Porque, como te dije, nací con esa gracia. Yo iba con él a la cancha de River y estaba más pendiente del Alumni, donde informaban cómo iba Boca. Cuando tenía siete años, me agarró el metejón futbolero y Boca era el equipo más popular. Quería tener en mi cuarto la lámina del Boca campeón de El Gráfico y me enteré de que el repartidor de leche lo había comprado. Se lo pedí y quedamos que me lo traería a la mañana siguiente. Me levanté a la cinco de la madrugada y me senté en el umbral de casa a esperar a que pasara el carro. Papá me vio, me preguntó por qué no estaba durmiendo, le inventé cualquier excusa y, en secreto, me hice de mi primer póster del Boca campeón.

  –¿Cómo se lo terminó confesando?

–Se lo oculté durante mucho tiempo, pero un día le dije “mirá viejo, no quiero ir más a la cancha con vos, me hice socio de Boca y desde ahora los domingos voy a ver a Boca”. A los 18 años, en 1940, me asocié al club. A mi papá le propuse un pacto: cuando River jugara de local, yo lo acompañaba; y cuando era al revés, él me acompañaba a mí. Ese pacto lo mantuvimos vigente durante cuarenta años. Pero, en atención a mi padre, no renuncié a seguir siendo socio de River. Fue una de esas decisiones no pensadas que duran toda la vida. En aquella época, mi ídolo era Francisco Varallo, que se había iniciado en Gimnasia y Esgrima La Plata y, por pasarse a Boca, dejaron de saludarlo y perdió amistades. Varallo formó parte de un terceto típico de Boca: jugaba de 9 con Delfín Benítez Cáceres (un paraguayo al que apodaban El machetero) y de 10, Roberto Eugenio Cherro, el máximo goleador de la etapa amateur. Pero Varallo era famoso por su estilo efectivo. Me gusta compararlo con Palermo, no por su juego aéreo, sino por la tenacidad con la que buscaba el gol o porque desconcertaba a las defensas adversarias en espacios reducidos. Tenía una estrategia fenomenal: en determinado momento, Varallo se hacía el rengo, como si lo hubiesen lastimado, entonces lo ponían de puntero, en la línea de salida. En ese momento clave, la defensa adversaria se descuidaba porque lo creía debilitado, pero al tipo le pasaban la pelota y salía corriendo a toda velocidad. En 1931, en un partido contra River, el arquero le atajó un penal, pero Varallo lo atropelló y metió el gol igual. ¡Se armó un escándalo! Hasta creo que suspendieron el partido. Era un guerrero.

–Dejemos los recuerdos futbolísticos y volvamos a su padre ¿cómo reaccionó cuando le contó que se hizo de Boca?

  –No le quedó otra que aceptarlo. Y cuando me sacaba una buena nota en el colegio me llevaba a ver a mi equipo. Eso sucedía una vez al año. Pero a él no le gustó nada, como no me gustó a mí cuando un hijo mío me dijo que se había hecho hincha de River.

  –Todo vuelve, dice mi abuela.

  –A mí me volvió. Yo tengo diez hijos; con todos intenté que se hicieran de Boca y fracasé. Tengo hijos de Boca, River, Vélez, San Lorenzo… Un menú variado.

  –¿Alguna vez su pasión por Boca le hizo cometer algún acto irracional?

  –La peor fue cuando nació Cecilia, una de mis hijas. Mi mujer esperaba familia, pasaban los días, no se producía el parto y yo, que aguardaba el nacimiento con cierta indiferencia, me empecé a preocupar: “no vaya a ser que esta hija nazca justo el día de la final”. Es que justo había una final, y Boca podía salir campeón. Pasó lo que intuí y tuve que optar entre quedarme con mi mujer en el sanatorio o ir a la cancha a ver la final.

  –Y usted hizo lo segundo.

  –Eso hice. No sé si me explico: yo dejé a la señora sola en el sanatorio, le dije que me llamaba el Presidente, que iba y volvía. Pero a mí no me llamaba el Presidente, me llamaba Boca. Esa tarde salimos campeones, después vinieron los festejos y a eso de las nueve de la noche dije “la pucha, seguro debe haber nacido la bebé y yo acá en la cancha, mi mujer me mata”. Salí disparado para el sanatorio y cuando llegué, mi hija ya hablaba. Mi mujer nunca me lo perdonó, no me lo recriminó porque era muy suave, pero siempre le quedó la espina. Al otro día, Borocotó publicó en El Gráfico un sueltito que decía que en el momento que Boca salía campeón nacía una hija del ministro Cafiero y que yo, en homenaje al campeonato, le iba a poner Justa Victoria. ¡Mirá si le iba a poner Justa Victoria! Fue un poco irracional de mi parte, pero así es la pasión. La pasión brota de un sentimiento en el que juegan factores psicológicos que no son explicables.

  –¿Esa misma pasión por Boca se entrometió en sus actividades como funcionario?

  –En 2000 tenía una reunión importante en México como presidente de la Coppal, justo cuando Boca jugaba la final de la Libertadores contra el Palmeiras. Estaba arriba del avión y en la escala en Brasil me bajé. No tenía hotel ni entrada para la cancha, pero me mandé igual. Esa llegué a la cancha y me encontré con alguien que me dio una. Entré, me tocó la popular y de pronto me vi en medio de La 12, y los muchachos fumando cosas… Entre que los muchachos estaban parados y el humo que largaban, no veía nada, así que me subía a los costados de la butaca con la ayuda de alguien y cuando me cansaba me bajaban. Así vi todo el partido, mientras me preguntaba qué se estaba fumando ahí. Al otro día viajé a México.

  –Pero lo más común es que las personas cambien de pareja, revisen sus creencias religiosas y hasta se alejen de su patria. Sin embargo, no cambian de camiseta. ¿Cómo explica este fenómeno?

–Para eso no hay explicaciones racionales, es una pasión y punto. La pasión no tiene sentido, y en mi caso fue producto de la gracia de Dios. Ysi Dios quiso que yo fuera fanático de Boca, para mí está todo resuelto.

Fuente :Mainelli, María Fernanda, UN CAÑO #30 – Octubre 2010




No hay comentarios:

Publicar un comentario