viernes, 20 de marzo de 2026
Murió Marcelo Araujo, renovador del lenguaje del fútbol y símbolo de su masificación televisiva
Marcelo Araujo El relator emblemático de los '90, renovador del lenguaje del fútbol y símbolo de su masificación televisiva, murió el lunes en Buenos Aires.
Hasta el desembarco de Marcelo Araujo en Fútbol de Primera, el relator televisivo era un acompañante tenue. En el mejor de los casos el que se destacaba era el comentarista: Panzeri, Pepe Peña, Macaya Márquez. La intensidad estaba mal vista. A la izquierda de su pantalla. Gool argentino.
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La lleva el siete, el siete, gol gol de Racing. El grito de gol era apenas un énfasis. Aiello, Gañete Blasco, Mauro Viale, hasta el mismo Araujo. Un ejemplo: hubo un tiempo breve durante los ’80 que Víctor Hugo relataba un partido televisado los lunes a la noche. Era, siempre, un partido menor. No lo disputaban grandes ni contendientes al título. Víctor Hugo hacía todo el partido con su precisión habitual y su lenguaje certero pero con el mismo ritmo y modalidad que el resto de los relatores televisivos. Nombraba a los jugadores, describía alguna mínima situación y no mucho más. Consideraba que no tenía que alterar al televidente, que el ritmo era el del partido y no el que él impusiera; se veía dispensado por las imágenes de tener que hacer imaginar el partido, de graficar en qué sector de la cancha estaba el juego o cómo le había pegado a la pelota el diez local o volado el arquero visitante. Show, don’t tell, dirían los narradores norteamericanos. Pero Víctor Hugo hacía algo extraordinario. Faltando dos minutos le hacía un regalo al pertinaz espectador que había aguantado ese cero a cero entre Platense y Ferro: relataba el final como si estuviera en la radio. Todo tomaba, de pronto, velocidad, color, gracia.
bAraujo, que murió el lunes en Buenos Aires a los 78 años, reemplazó a Mauro Viale en Fútbol de Primera. Mauro era un relator flojo. No sabía el nombre de los jugadores, lo sorprendían las jugadas, no tenía buena voz y tampoco imaginación; hasta me animaría a decir que no entendía demasiado del juego. Era más o menos lo que hacía el resto.
Dicen que las opciones que Carlos Ávila manejó para reemplazar a Viale fueron los dos Marcelo: Araujo y Tinelli. Y Tinelli es un buen parámetro, un gran punto de comparación, para entender el cambio abrupto que impuso Araujo. Tinelli, que meses después se convertiría en el sinónimo de lo descontracturado en televisión relataba como un Playmobil, sin voz, sin carisma y con un solo y desangelado latiguillo: Pum para arriba, que luego se impuso no por su brillantez sino por el consumo irónico de sus colegas de Videomatch.
Hizo dupla con Fernando Niembro en varias oportunidades. Transmitieron el Mundial ’78 para la televisión y también para el innovador proyecto comandado por Cacho Fontana, Gran TV Color.
Durante los ’70, Araujo buscaba con denuedo su lugar en el medio, como tantos otros. Después de un paso fugaz por La Oral Deportiva –fue despedido por Muñoz–, relató los partidos de reserva que Canal 7 daba los mediodías del domingo (tenían muy buen rating porque no había otra cosa para ver, se conocían a las promesas y además esa transmisión develaba qué partido se iba a ver en diferido a la noche). Hizo dupla con Fernando Niembro en varias oportunidades. Transmitieron el Mundial ’78 para la televisión y también para el innovador proyecto comandado por Cacho Fontana, Gran TV Color: se emitían los partidos de Argentina y otros de importancia en el Luna Park y una veintena de cines: fútbol a color (la TV local todavía era blanco y negro) y en pantalla gigante. Después fueron despedidos en los comienzos de ATC. En 1981 tuvieron una idea genial y el coraje para llevarla a cabo. Fueron a buscar a Víctor Hugo a Uruguay. Crearon Sport 80. Y provocaron una revolución. Por primera vez una transmisión deportiva le competía con posibilidades a Muñoz y a La Oral Deportiva. Era un equipo extraordinario. Néstor Ibarra como comentarista principal, Niembro, Araujo, Paenza, Diego Bonadeo, Lujambio, Ricardo Ruiz, Salatino, Eguía y otros. Era una transmisión moderna, informada, ágil con el plus de la juventud, la falta de afectación y, claro, la novedad de Víctor Hugo, que les sacaba años luz de diferencia a los relatores anteriores.
Un par de años después, Niembro y Araujo tuvieron otra idea excepcional: Todos los Goles. Un programa en Canal 9 a las 11 de la noche cuyo título describía a la perfección su contenido. Pasaban los goles de cada partido de la jornada, algo que hasta ese momento era imposible. Uno se la pasaba viendo el noticiero para esperar si pasaban los goles de su club y a veces una cámara parkinsoniana sólo lograba captar la pelota pegando en la red; y eso sucedía en los dos o tres partidos a los que mandaban cámaras. Del resto había que enterarse por la radio, El Gráfico, los suplementos de los lunes de los diarios o las audiciones partidarias. La caricatura de Ordoñez, el mejor gol elegido por el invitado –Dino Sani eligió un gol en contra– y los goles de tu equipo en La Plata, Santa Fe o Córdoba. La dupla siguió transmitiendo los partidos de las eliminatorias del ’86 que compró Canal 9.
La tercera idea que les resultó (la amistad se manifestó en otras posibilidades laborales: cuando Niembro fue interventor de Canal 11, antes de la privatización, nombró a Araujo como gerente de noticias) fue la creación de la escuela de periodismo que tuvo su auge en los ’90.
Descontracturar el lenguaje
En poco tiempo, en la mitad de los ’90 con la convertibilidad instalada, surgen tres medios que cambiaron la manera de comunicar el deporte. Con tres lenguajes diferentes pero con un espíritu similar: TyC Sports, Radio La Red (la primera emisora dedicada totalmente al deporte: el sueño húmedo de José María Muñoz) y el Diario Olé. Todo esto ocurre, siguiendo la ola de marketing, publicidad y nueva exposición del deporte internacional y la situación económica local, con Araujo ya instalado como la voz del fútbol por TV y habiendo descontracturado el lenguaje.
La tira diaria que conducía en La Red era entretenida (Gabriel Schultz era su productor y hacía a René, un personaje que hoy no tendría la misma recepción y sería pasible de cancelación) y tenía influencia; un ejemplo: Chilavert, enojadísimo, le dedicó la obtención de la Copa Libertadores con Vélez por una polémica generada en la radio.
Más allá de su programa estos nuevos medios llevan la impronta de Araujo por dos motivos. Se llenaron de émulos suyos, de jóvenes que intentaban romper el idioma y la solemnidad (spoiler: la mayoría lo hizo mal), que intentaban seguir sus pasos, que buscaban el impacto. Y, acaso la razón más trascendente, esos nuevos medios recibieron decenas de egresados de la escuela de periodismo deportivo que había puesto junto a Niembro: Gustavo López, Safarian, Liberman, el Pollo Vignolo y muchos otros (Pacini sería la excepción). Estridentes, impactantes, voraces, resultadistas, falaces.
Uno supone que hasta su instalación como la voz del fútbol local, muchos de los chicos que empezaban a estudiar en Deportea o en el Círculo de Periodistas Deportivos querían escribir en El Gráfico, emular a Víctor Hugo, a Ezequiel Fernández Moores, a Ariel Scher. El paradigma cambió empujado por la inmensa popularidad y, también, por supuesto, por la enorme paga. En esos tiempos se decía que Macaya y Araujo ganaban 75.000 pesos/dólares por mes por su trabajo en Fútbol de Primera.
Una breve digresión: desde que acepté escribir este newsletter quincenal adquirí un hábito insano. Estoy pendiente –casi patológicamente– de las muertes célebres diarias. Busco candidatos para mi texto. Esta quincena los runner-ups fueron Bryce Echenique, Habermas y Jacques Revel. Araujo, una vez más, nos salvó de lo solemne. El peruano Bryce Echenique tiene algunos puntos en contacto con Araujo. Picardía, humor y una decadencia profesional muy alejada, muy diferente, de su momento de brillo.
Las virtudes evidentes de los relatos de Marcelo Araujo: encontró una manera nueva, algo que nadie había hecho, estiró los límites de su oficio; tenía buen caudal y color de voz; no erraba el nombre de los jugadores; mantenía alerta al espectador, sentado al borde de la silla; tenía oficio, manejaba muchas herramientas de su profesión; era imaginativo; metió una buena cantidad de latiguillos en el habla popular; estaba muy atento, muy concentrado en el partido, no era frecuente que se le pasaran por alto incidencias del encuentro, como les sucede a muchos relatores actuales.
Su mayor virtud subestimada era que entendía que el fútbol tiene la épica incorporada, que un gol en el minuto 90, uno de Argentina en el Mundial o un penal atajado en una definición por penales no necesita desbordes.
Pero sin dudas, su mayor virtud subestimada era que entendía que el fútbol tiene la épica incorporada, que un gol en el minuto 90, uno de Argentina en el Mundial o un penal atajado en una definición por penales no necesita desbordes, épica sobreactuada, emoción fingida, llantos histéricos, gritos desaforados ni adjetivación obvia. Eso ya viene incorporado naturalmente. Ahí están su narración del gol de Caniggia a Brasil o la de los penales frente a Italia en el ’90 para demostrarlo (con el agravante que él ahí tenía involucrados sentimientos más allá de su argentinidad: su amor y su campaña de vieja data por Bilardo). Cuando la que sufría un gol era la Selección, bajaba el tono, informaba el resultado y daba paso al comentarista (el relato de los cinco goles colombianos en el Monumental es excelente).
Lo de los nombres completos de los jugadores venía de antes, era una tradición en las transmisiones deportivas argentinas. Por eso Agustín Mario Cejas, Ricardo Enrique Bochini, José Rafael Albrecht, Leopoldo Jacinto Luque o Ubaldo Matildo Fillol. Él le dio una vuelta de tuerca. La cadencia perfecta, el crescendo en el segundo nombre y el apellido separado en sílabas.
‘Marteeeennn’
Otra tradición que abonó y de la que tal vez fue el último cultor fue la de los apodos. Puso buenos apodos y originales en un medio que hace décadas se dio a la pereza y llama a Perico a todos los Pérez y se la pasa replicando viejos apelativos. Sólo unos de los pocos propuestos por Araujo no prendieron.
Todo esto, por supuesto, no quita que cuando jugaba Argentina inflaba su chauvinismo jugando con el espectador, pero no llegaba ni al 5% de lo que hacen los relatores actuales en busca de la viralización de su crisis emocional.
Con Macaya hicieron una gran dupla, parecían el dúo de una Buddy Movie: muy diferentes y complementarios. Ayudó mucho el estilo hierático de Macaya, que nunca variaba ni se escandalizaba ante la búsqueda de los límites de su compañero.
Para tener dimensión de lo que un cuarto de siglo atrás significaba el estilo Araujo, valga una cita. El día que Palermo se rompe los ligamentos contra Colón y aun lesionado llega al gol 100, Araujo simuló un llanto infantil cuando vio que el médico atendía a Palermo en el campo de juego. Gimoteó su clásico Marteeeennn, Marteeeennn e imploró que no fuera nada, que pudiera seguir jugando. Fue un gag que tuvo su gracia, de los muchos que metía en sus transmisiones. Minutos después Palermo hizo el gol y debió salir. Ese fragmento de la transmisión se viralizó mucho antes de las redes sociales y llegó a España. Santiago Segurola, en ese momento una de las voces más importantes del periodismo deportivo en español, lo criticó con dureza en El País. “El festejo de la estupidez” se llamó la columna: “La grosería cómica que invade una parte sustancial del periodismo deportivo argentino, concretamente a las narraciones televisivas. En nombre del humor, se celebran en España, los estragantes comentarios de Marcelo Araujo, rey del chiste fácil y del irrespetuoso trato hacia los jugadores. Su patético gag –un minuto de infantiloides pucheritos– en la lesión de Martín Palermo alcanzó la cumbre del desperdicio por los futbolistas”.
Fútbol de Primera tenía un lema publicitario: “Esto no es fútbol. Esto es Fútbol de Primera”. Y más allá de lo ingenioso, la frase escondía una gran verdad. Lo que te mostraba Fútbol de Primera no era el partido, el fútbol, sino una construcción, híper hábil, una narración que muchas veces se alejaba de lo que había ocurrido en la cancha. Penales no mostrados, subrayados de momentos nimios para no ocuparse de las injusticias, privilegiar a los grandes sobre los otros, manejo espurio del Telebeam. Nunca como en ese momento se notó que River y Boca tenían más rating que el resto y como se trataba de un show televisivo –y no de un programa periodístico– se los priorizaba no sólo en tiempo de pantalla. El fútbol, además de como deporte invencible, se manifestó en toda su dimensión como una rama de la industria del entretenimiento, una nueva era que encontró en Araujo su voz principal.
Ese relato renovado, suelto, con malas palabras, chistes, alusiones sexuales y diálogos inventados ingeniosos, con juego de voces y hasta la osadía de levantarse de la transmisión como en el gol de Medero (hay un antecedente: en el gol de Francescoli de chilena a Polonia, en su relato de Radio Mitre, mientras lo grita repite varias veces: “Me voy, me voy, no relato más”), conversó de una manera perfecta con su tiempo; Araujo entendió los ’90 y, por supuesto, entendió la televisión, su medio.
Ya no escandaliza sin el contexto de la televisión envarada de principios de los ’90. Se le reconoció su condición de innovador, de revolucionario.
Cada vez que muere alguien famoso, las redes sociales se convierten en un enorme funeral en el que muchos cuentan anécdotas personales –no me parece mal– y recuerdan logros profesionales del reciente muerto.
En el caso de Araujo, este recuerdo colectivo no tuvo reproches por sus permisos idiomáticos porque ya ha pasado mucho tiempo y se ha naturalizado lo que ayudó a incorporar. Ya no escandaliza sin el contexto de la televisión envarada de principios de los ’90. Se le reconoció su condición de innovador, de revolucionario. Pero tampoco tuvo reproches, como sí los tuvo durante sus temporadas en la cima, por sus posturas políticas y por su cercanía con el poder. De raíz peronista fue persistentemente oficialista. Defendió a Menem y estuvo cerca de su gobierno a través de su amigo Niembro y fue el defensor más estridente del monopolio de TyC y del Grupo Clarín del fútbol. El vocero más expuesto de los secuestradores de los goles. También celebró prematuramente un triunfo electoral de Chiche Duhalde que luego se truncó. Todo eso ocurrió hasta que en 2004 pidió aumento de sueldo y no renovó contrato con TyC. Tuvo programas fugaces y transmisiones de partidos importantes pero ya sin la centralidad que había ostentado durante casi 15 años. También un blog en el que de tanto en tanto criticaba al kirchnerismo y el uso partidario de la Televisión Pública (hasta llegó a mandarle una carta pública a Aníbal Fernández).
Faltaba un regreso más, con una pirueta absolutamente inesperada. Cuando el gobierno de Cristina Kirchner creó Fútbol para Todos, Marcelo Araujo se convirtió, insospechadamente, en el director periodístico y en el relator de la transmisión principal. El secuestrador fue la cara de la liberación posterior. O algo así. Soldado de Menem, soldado de Grondona, soldado de Ávila, soldado de Clarín, soldado de Néstor y Cristina. Una larguísima y variopinta foja de servicios.
El kirchnerismo, entusiasmado por la novedad, y por haber logrado el paso de bando del principal propalador deportivo de su rival, olvidó su pasado político, le perdonó sus viejas adhesiones. El antiguo secuestrador (como Galimberti con Born) obtuvo su cariño inmediato. Un caso de síndrome de Estocolmo futbolístico.
El final de su etapa en Fútbol para Todos no fue grata. Era evidente que ya no era el mismo de antes. Había perdido reflejos, frescura, ya no era innovador su estilo, todo salía empastado: el que había sido moderno se había convertido en una antigualla. Las generaciones que había inspirado y hasta formado lo habían superado. Su dupla con Julio Ricardo había quedado anquilosada. Además estaban las presiones políticas. La Cámpora intervenía cada vez más activamente y Tinelli pugnaba por quedarse primero con las transmisiones y luego con la AFA. A Araujo, que decidía las duplas en cada partido, le cambiaron el comentarista, después lo sacaron del River-Boca, fue desplazado a comentarista de Gustavo Kuffner. Fue empujado a renunciar. Envió una carta pública de agradecimiento a Cristina y en otra se quejó de operaciones –”Creí que sólo se operaba en los quirófanos”, escribió– y señalaba solapadamente a Tinelli.
Quizá no hubo reproches ni señalamientos añejos en los posteos del lunes por algo más sencillo.
Ayer los hinchas de cada club subieron los relatos preferidos de Marcelo Araujo de los goles de su equipo. Yo, por supuesto, volví a gritar los de Capria en la Bombonera y el de Bedoya a River. Pero también disfruté del de Chilavert desde mitad de cancha (Araujo vio la jugada desde el inicio, desde que el paraguayo salió de su área), los de Palermo, los del Buyiiito, el de Insúa mientras le sonaba el teléfono y decenas más.
Tal vez no hubo reproches, decía, porque Araujo –y su relato y su voz, y su humor– está relacionado a la infancia, adolescencia o juventud de varias generaciones y a buena parte de nuestros recuerdos deportivos. O lo que es lo mismo: a varios de nuestros momentos más felices, más plenos.
Fuente:
Bauso, M. Marcelo Araujo (1947-2026), seul.ar 18 de Marzo de 2026
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