martes, 17 de marzo de 2026
A 40 años de la obtención del Oscar: La historia oficial es una muestra de respeto al valor que tuvieron ciertas personas para luchar contra ese muro de silencio que había impuesto el Proceso sobre su política de terror institucional y vaciamiento económico
“Si pudiera ver al enemigo o al diferente como un animal feroz, solamente feroz; o extraño solamente extraño, si pudiera temerlo como si no fuera humano, la diferencia entre el enemigo y yo se desvanecería en el fondo de mi corazón y allí mismo él habría ganado para siempre”. En un borrador tachado y con algunas ideas provisorias, Aída Bortnik apuntaba posibles respuestas a la pregunta de por qué realizó, junto a Puenzo, La Historia oficial (LHO). Catalogada por momentos como una explicación simplista de los años de la última dictadura o, en otros, como tributaria pura y exclusivamente a la teoría de los demonios, la primera película argentina en recibir un Oscar del que se cumplen cuarenta años.
El film tiene como protagonista a Alicia (Norma Aleandro), una profesora de Historia y madre adoptiva, que en palabras de Bortnik “tanto en su profesión como en su vida ha aceptado siempre la versión oficial”. Su esposo Roberto (Héctor Alterio) es un ejecutivo de una empresa de la “patria contratista” ligada al régimen militar. Gaby es la hija adoptiva. Con el regreso del exilio de una amiga —Ana, interpretada por Chunchuna Villafañe— y a partir del encuentro, el diálogo y la complicidad con ella, Alicia comienza a sospechar que su hija adoptiva podría ser una hija de desaparecidos debido al extraño procedimiento por el cual Roberto consiguió la tenencia. El devenir de la película reconstruye el modo en que Alicia toma conciencia de lo ocurrido y comienza la búsqueda de la verdad sobre Gaby, el acercamiento a Abuelas de Plaza de Mayo y también un cambio de su rol como profesora junto a un colega con el que antes no había establecido vínculo alguno (Patricio Contreras).
La transformación de Alicia, alegoría de la clase media que “no sabía”, fue leída de maneras divergentes. Para Nicolás Prividera, por ejemplo, este aspecto junto a otros presentes en la película reviste la pretensión de espejar “lo que la sociedad argentina quiere ser, más que lo que realmente es”. Para otros —como es el caso del historiador Maximiliano Ekerman—, lejos de la construcción de una mirada contemplativa o victimizante de la sociedad, LHO denunció aspectos para nada menores tales como la responsabilidad en la represión de sectores empresariales y otras instituciones como la Iglesia Católica. Incluso, agrega Ekerman, expuso las actitudes pasivas, complacientes y hasta colaborativas por parte de la “gente común”. El abanico de lecturas y la dificultad para otorgarle un sentido único realzan la relevancia de una obra con la capacidad de fugarse de los rótulos que muchas veces dejan impregnados los grandes premios.
Desde enero del 83 en adelante, Puenzo y Bortnik realizaron cuatro versiones distintas del guión. La dictadura aún preparaba su retirada, pero seguía en el poder. El guión final encontró un sustento fundamental en la investigación desarrollada por el periodista Francisco Juárez. Él elaboraba informes que remitía a la guionista. Allí recogía la información disponible en torno a la represión estatal, pero con mayor detenimiento aún, respecto a la labor de Abuelas y Madres de Plaza de Mayo. Con minuciosidad, describía los casos de restitución que comenzaban a hacerse públicos y las hipótesis formuladas por los organismos en esos momentos acerca de dónde y cómo habían nacido las y los niños buscados.
En una entrevista a la revista norteamericana Cineaste luego de recibir el Oscar, Bortnik contó que ella misma y Puenzo establecieron contacto con Abuelas de Plaza de Mayo. Clara Jurado, una de las fundadoras, fue su principal interlocutora. Pese a la admiración que sentía por ellas y la confianza que les dieron, acordaron no darles a conocer el guión hasta tener la versión final. No buscaban una película ejemplar sobre las Madres y Abuelas, se trataba de interpelar el rol de la sociedad argentina durante los inmediatos años previos.
Hecha a pulmón. Así define las condiciones de realización su director. Si bien contó con un crédito otorgado por el flamante Instituto de Cinematografía dirigido por Manuel Antín, el dinero para la realización parece no haber sido el suficiente. Comenzaron a rodarla en diciembre de 1983 y ese trabajo se extendió hasta junio de 1984. La locación principal, con el riesgo que implicaba, fue la casa de Puenzo. Hubo amenazas a los protagonistas, al director, a la guionista e incluso a la familia de quien representó el papel Gaby, la niña apropiada-
. El derrotero hasta llegar al Oscar fue asombroso, con galardones en los más prestigios festivales de cine del mundo .hasta que 24 de marzo recibió la ansiada estatuilla a mejor película en habla no inglés. Sí, un 24 de marzo. Exactamente a diez años del comienzo de la última dictadura, casi como gesto reparador en el discurrir inconsciente de la historia. Los crímenes de la dictadura alcanzaban resonancia internacional y el cine operaba como un amplificador de la denuncia.
Contemplando los rastros del proceso de trabajo que ha dejado Bortnik en su archivo se desprende otra lectura: es posible dilucidar allí la búsqueda de articular la narración con los hallazgos del movimiento de derechos humanos. La intención de construir una interpretación no maniquea de esos años, un esfuerzo bajo los procedimientos de un arte, como el cine, que puede llegar a un público masivo.
La película construye una lectura más compleja que la asignada a la "teoría de los dos demonios". Su aparición contingente a la divulgación del Nunca Más y el comienzo del Juicio a las Juntas envolvió cualquier otra interpretación posible; licuó, quizás, otras posibilidades de lectura más agudas, la convirtió en un afluente de la narrativa hegemónica durante los años alfonsinistas: dos demonios y como correlato, una sociedad indefensa y víctima de ellos. Sin embargo, el propio proceso de trabajo que se recoge en el archivo de Bortnik muestra la voluntad de incluir actores como el movimiento de derechos humanos, pero también las responsabilidades civiles. Como sostiene la investigadora Marcela Visconti, LHO tensionó lo más que pudo “lo pensable de una época”.
. Dice Bortnik en sus apuntes: “El intento de La Historia oficial parecía doblemente peligroso porque esta historia, de la que somos protagonistas, todavía nos envuelve. Justamente por eso, antes de que sea tarde, debíamos contarla para nosotros y para el resto del mundo, todavía, desde el centro del dolor”.
A manera de conclusión La historia oficial no es un canto de gloria a la sociedad argentina que se reconcilia con la dolorosa verdad de su pasado reciente en el mismo momento en que decide buscar y enfrentar a los culpables de la dictadura; es más bien una muestra de respeto al valor que tuvieron ciertas personas para luchar contra ese muro de silencio que había impuesto el Proceso sobre su política de terror institucional y vaciamiento económico.
En una sociedad dictatorial donde los enunciados sobre la verdad histórica son acallados y condenados a un círculo de saberes secretos y discursos silenciados, es gracias a la sangre y la lucha de las mujeres que esa verdad es descubierta y puesta en circulación en la sociedad argentina.
Fuente:
Perales, Fernando, La historia oficial: un film presente
Manduca, Ramiro, Nosotros no sabíamos, Revista Anfibia, 3 de Abril de 2025
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