domingo, 17 de mayo de 2020

La destitución de Illia y una “desobediencia debida en defensa de leyes que no se concretó ( 2016)


  El Dr. Arturo H. Illia fue derrocado la madrugada del 28 de junio de 1966 hace casi 45 años. El general Julio Alsogaray y un pelotón de la Policía Federal a las órdenes del coronel Luis Perlinger lo obligaron a abandonar la Casa Rosada.

  El sociólogo Gustavo Druetta, en un artículo publicado en 2016 , le agrega un componente desconocido, hubo un grupo de oficiales que intentó desobecer las ordenes  emitidas por a jerarquía del ejército y mantener Illia  comandando el país.
 
  Así lo expone Druetta :”Si una parte importante de los oficiales subalternos del Ejército se hubiese podido enterar de la actitud del teniente de Granaderos Aliberto Rodrigáñez Ricchier jefe de la guardia en Balcarce 50 desde el 27 de junio, dispuesto a defender al
presidente de la República y comandante en jefe de las FF.AA., y hubiesen imitado su ejemplo, la cadena de mandos se habría quebrado y el golpe hubiese fracasado”

  Según el relato de Druetta  dicho joven oficial comunicó al jefe de las tropas
desplegadas en la Plaza de Mayo que ordenara abrir fuego a su sección de treinta hombres –un sargento, un cabo 1ro.y 28 conscriptos- si intentaban penetrar por la fuerza en la sede gubernamental.
  
  Sorprendidos los altos mandos militares se comunicaron con el jefe del Regimiento de Granaderos a Caballo coronel Marcelo Delía, pidiéndole que ordenara a su oficial desconocer el deber y la tradición de la escolta presidencial. Mientras Rodrigáñez, de 24 años, se aprestaba a combatir, su jefe Delía les contestaba a los generales que concurriría
a la defensa de la legalidad con todo el regimiento si se producía un enfrentamiento.

  Sin embargo.el teniente volvió a negarse a rendir ante una orden personal del general Alsogaray y sólo desistió cuando el propio Illía lo relevó de resistir.
 
  Retirado con el grado de coronel, su actitud valerosa remite a la famosa cuestión de la “obediencia debida”. Aquel jefe de la escolta presidencial eligió priorizar su misión en lugar de someterse a sus superiores golpistas, lo que suponía una fidelidad suprema a la
razón de ser de los granaderos y a las tradiciones sanmartinianas.

 El golpe del 66, fue el predecesor sor no solamente en el tiempo, sino también en las prácticas e ideología de la asonada del Proceso  de Reorganización Nacional,  no encontró ningún joven granadero que defendiera, con o sin el aval de su jefe de regimiento, a la presidenta y comandante en jefe, Isabel Martínez de Perón. El valor de la “desobediencia debida” en defensa de la Constitución había sucumbido a los desastres de la guerra civil, sustituida por la obediencia ciega en ambos lados de la contienda. Esa que una justicia
tuerta imputa a uno sólo de los contendientes.


 Druetta G.( 2016) “La caída de Illia, y el heroísmo constitucional,Clarín.,Buenos Aires.



El jugador sabe que ha dado cuarenta y cuatro pasos y doce toques, todos con la zurda, sabe que la jugada durará diez segundos y seis décimas; entonces piensa que ya es hora de explicarles a todos quién es él, quién ha sido y quién será hasta el final de los tiempos (Fontanarrosa,describiendo con humor e ironía el segundo gol de Maradona a los ingleses)


El 22 de Junio de 1986, en marco del Mudial 86 se jugó  Argentina-Inglaterra, más allá de la política que se mezcló y amén de los relatos increíbles  que todavía perduran, el Negro Fontanarrosa, describió desde su pluma  y desde su pasión por el fútbol el segundo gol a Inglaterra, lo bautizó 10,6 segundos( lo que tardó Maradona con la pelota en el pie desde que recibió el pase de Enrique hasta la concreción de su obra majestuosa.

Menos de once segundos antes, cuando el jugador argentino recibe el pase de un compañero, el reloj en México marca las trece horas, doce minutos y veinte segundos. En la escena central hay también dos británicos y un hombre algo mayor, de origen tunecino. El deporte al que juegan, el fútbol, no es muy popular en Túnez. Por eso el africano parece el único que no está en actitud de alarma atlética.

Se llama Alí Bin Nasser y, mientras los otros corren, él camina despacio. Tiene cuarenta y dos años y está avergonzado: sabe que nunca más será llamado a arbitrar un partido oficial entre naciones.

Esa noche durmió con sofocones y soñó dos veces con el ridículo. En el primer sueño se torcía el tobillo y tenía que ser sustituido por el cuarto árbitro; en el sueño, el cuarto árbitro era su madre. En el segundo sueño saltaba al campo un espontáneo, le bajaba los pantalones y él quedaba con los genitales al aire frente a las televisiones del mundo.

Ahora el jugador argentino toca el balón con su pie izquierdo y lo aleja medio metro de la sombra. El calor supera los treinta grados y esa sombra, con forma de araña, es la única en muchos metros a la redonda.

Alrededor del campo, acaloradas, ciento quince mil personas siguen los movimientos del jugador pero solo dos, los más cercanos a la escena, pueden impedir el avance.

Se llaman Peter: Raid uno, Beardsley el otro; nacieron en el norte de Inglaterra, uno en el cauce y el otro en la desembocadura del río Tyne; los dos tuvieron, pocos años antes, un hijo varón al que llamaron Peter; los dos se divorciaron de su primera mujer antes de viajar a México; y los dos están convencidos, a las trece horas, doce minutos y veintiún segundos, que será fácil quitarle el balón al jugador argentino porque lo ha recibido a contrarié y ellos son dos: uno por el frente y el otro por la espalda.

No saben que, una década después, Peter Raid hijo y Peter Beardsley hijo serán amigos, tendrán quince y dieciséis años y estarán bailando en una rave de Londres.

Un escocés de apellido O’Connor —que más tarde será guionista del cómico Sacha Baron Cohen— los reconocerá y, en medio de la danza, los esquivará con una finta y un regate. Lo hará una vez, dos veces, tres veces, imitando el pase de baile que ahora, diez años antes, le practica a sus padres el jugador argentino.

Raid hijo y Beardsley hijo no entenderán la broma, entonces otros participantes de la rave se sumarán a la burla de O’Connor y se formará un bucle de bailarines que, en forma de tren humano, esquivará a los muchachos en dos tiempos.

Peter Raid hijo será el primero en comprender la mofa, y se lo dirá a su amigo: «Es por el video de nuestros padres, el de México ochenta y seis».

Peter Beardsley hijo hará un gesto de humillación y los dos amigos escaparán de la fiesta perseguidos por decenas de muchachos que gritarán, a coro, el apellido del jugador que diez años antes, ahora mismo, se escapa de sus padres con un quiebre de cintura.

Muy pronto Raid padre y Beardsley padre dejarán de perseguir al jugador: será el trabajo de otros compañeros intentar detenerlo. Ellos ahora permanecen congelados en medio de una cinta que el tiempo convierte, a cámara lenta, de VHS a Youtube.

Ahora sus hijos tienen cinco y seis años y no recordarán haber visto en directo el primer regate del jugador, pero al comienzo de la adolescencia lo verán mil veces en video y dejarán de sentir respeto por sus padres.

Peter Raid y Peter Beardsley, inmóviles aún en el centro del campo, todavía no saben exactamente qué ha pasado en sus vidas para que todo se quiebre.

Raudo y con pasos cortos, el jugador argentino traslada la escena al terreno contrario. Solo ha tocado el balón tres veces en su propio campo: una para recibirlo y burlar al primer Peter, la segunda para pisarlo con suavidad y desacomodar al segundo Peter, y una tercera para alejar el balón hacia la línea divisoria.

Cuando la pelota cruza la línea de cal el jugador ha recorrido diez de los cincuenta y dos metros que recorrerá y ha dado once de los cuarenta y cuatro pasos que tendrá que dar.

A las las trece horas, doce minutos y veintitrés segundos del mediodía un rumor de asombro baja desde las gradas y las nalgas de los locutores de las radios se despegan de los asientos en las cabinas de transmisión: el hueco libre que acaba de encontrar el jugador por la banda derecha, después del regate doble y la zancada, hace que todo el mundo comprenda el peligro.

Todos menos Kenny Sansom, que aparece por detrás de los dos Peter y persigue al jugador con una parsimonia que parece de otro deporte. Sansom acompaña al jugador argentino sin desespero, como si llevara a un hijo pequeño a dar su primera vuelta en bicicleta.

«Parecía que estuvieras en un entrenamiento, joder», le dirá el entrenador Bobby Robson dos horas después, en los vestuarios. «Ese no eras tú», le dirá su medio hermano Allan un año más tarde, borrachos los dos, en un pub de Dublin.

Kenny Sansom rebobinará mil veces el video en el futuro. Verá su paso desganado, casi un trote, mientras el jugador se le escapa.

Comenzará, en noviembre de ese año, a tener problemas con el juego y el alcohol. En la prensa sensacionalista lo apodarán «White» Sansom, por su afición al vino blanco.

Su único amigo de las épocas doradas será Terry Butcher, quizá porque ambos compartirán el eje de un trauma idéntico.

Butcher es el que ahora, cuando los relatores de radio y los espectadores en las gradas todavía están poniéndose de pie, le tira una patada fallida al jugador que avanza por su banda. Sin saber que su apellido, en el idioma del rival, significa carnicero, Butcher perseguirá enloquecido al jugador y le tirará una segunda patada, esta vez con ánimo mortal, en el vértice del área pequeña.

Terry Butcher tampoco superará nunca el fantasma de esos diez segundos en el mediodía mexicano. «Al resto de mis compañeros los regateó una sola vez, pero a mí dos…, pequeño bastardo», le dirá a la prensa muchos años después, con los ojos vidriosos.

Kenny Sansom y Terry Butcher no regresarán a México jamás, ni siquiera a playas turísticas alejadas del Distrito Federal. En el futuro, sin hijos ni parejas estables, tendrán por afición (con casi sesenta años cada uno) juntarse a tomar whisky los jueves por la noche e inventar nuevos insultos contra el jugador argentino que ahora, sin marca, entra al área grande con el balón pegado a los pies.

Antes del inicio de la jugada, un hombre da un mal pase. Con ese error empieza la historia. Podría haber jugado hacia atrás o a su derecha, pero decide entregar el balón al jugador menos libre.

Ese hombre se llama Héctor Enrique y se queda inmóvil después del pase, con las manos en la cintura. Después de ese partido nunca podrá separarse del jugador, como si el hilo invisible del pase vertical se transformara, con el tiempo, en un campo magnético.

Enrique todavía no lo sabe, pero volverá a participar de un Mundial de fútbol, veinticuatro años después y en tierra sudafricana. Será parte del cuerpo técnico de un entrenador que, más gordo y más viejo, tendrá el mismo rostro del hombre joven que ahora corre en zigzag. Y acabará su carrera todavía más lejos, en los Emiratos Árabes, de nuevo a la derecha del jugador al que, hace dos segundos, le ha dado un pase a contrarié.

Durante muchas noches del futuro, en un país extraño donde las mujeres tienen que ir en el asiento trasero de los coches, Enrique pensará qué habría ocurrido si, en lugar de esa mala entrega, le hubiera cedido el balón a Jorge Burruchaga, su segunda opción.

Burruchaga es el que ahora corre en paralelo al jugador, por el centro del campo. Son las trece horas, doce minutos y veinticuatro segundos: está convencido de que el jugador le dará el pase antes de entrar al área, que únicamente le está quitando las marcas para dejarlo solo frente a los tres palos.

Burruchaga corre y mira al jugador; con el gesto corporal le dice «estoy libre por el medio» y mientras espera el pase en vano no sabe que un día, algunos años después, aceptará un soborno en la liga francesa y será castigado por la Federación Internacional. Otra entrega a destiempo. Pero él, congelado en el presente, todavía corre y espera la cesión que no llega nunca.

Días más tarde hará el gol decisivo de la final, pero el mundo solo tendrá ojos y memoria para otro gol. Año tras año, homenaje tras homenaje, el suyo no será el más admirado.

Una noche Burruchaga llamará por teléfono a Arabia Saudita para conversar con su amigo Héctor Enrique, y lamentará, un poco en broma, un poco en serio, aquel gol ajeno que opacó el decisivo de la final. Entonces Enrique verá por la ventana una tormenta de arena y, sin pretenderlo, lo hará sonreír. «No fue para tanto aquel gol», le dirá, «el pase se lo di yo, si no lo hacía era para matarlo».

Dentro del campo de juego el viento sopla a doce kilómetros por hora. Si hubiera soplado a sesenta kilómetros por hora, como ocurrió en la Ciudad de México seis días más tarde, quizás la jugada no hubiera acabado bien.

El avance parece veloz por ilusión óptica, pero el jugador regula el ritmo, frena y engaña. Hay una geometría secreta en la precisión de ese zigzag, un rigor que se hubiera roto con un cambio en el viento o con el reflejo de un reloj pulsera desde las gradas.

Terry Fenwick piensa en las variables del azar mientras se ducha cabizbajo tras la derrota. Sobre todo en una, la menos descabellada.

Antes del partido, Fenwick le aconsejó a su entrenador Bobby Robson que lo mejor sería hacerle, al jugador rival, un marcaje hombre a hombre. Bobby respondió que la marca sería zonal, como en los anteriores partidos.

¿Qué habría ocurrido si Robson le hacía caso?, se preguntará Terry Fenwick desnudo, en la soledad del vestuario, con el agua reventándole las sienes.

En este momento, a las trece horas, doce minutos y veintiséis segundos del mediodía, es él quien ve llegar al jugador con el balón dominado; es él quien cree que dará un pase al centro del área. Fenwick piensa igual que Burruchaga, apoya todo el cuerpo en su pierna derecha para evitar el pase y deja sin candado el flanco izquierdo. El jugador, con un pequeño salto, entra entonces por el hueco libre, pisa el área y encuentra los tres palos.

«Mierda», le dirá a la prensa Terry Fenwick en 1989, «arruinó mi carrera en cuatro segundos». Dos años después del exabrupto, en 1991, Fenwick pasará cuatro meses en prisión por conducir borracho. Dirá, a mediados de la década siguiente, que no le daría la mano al jugador argentino si lo volviera a ver.

En esas mismas fechas una de sus hijas cumplirá dieciocho años. Durante la fiesta, Terry Fenwick la encontrará besándose con un argentino en una playa de Trinidad. Reconocerá la identidad del muchacho por una camiseta celeste y blanca con el número diez en la espalda. Fenwick aún no lo sabe, pero en su vejez dirigirá un ignoto equipo llamado «San Juan Jabloteh» en Trinidad y Tobago, un país que nunca jugó un Mundial, pero que tiene playas.

Fenwick se emborrachará cada día en la arena de esas playas. La tarde del encuentro de su hija con el argentino querrá acercarse al chico para golpearlo. El argentino hará el gesto salir para la izquierda y escapará por la derecha. Fenwick, de nuevo, se comerá el amague.

Ocho pasos, de cuarenta y cuatro totales, dará el jugador dentro del área, y le bastarán para entender que el panorama no es favorable.

Hay un rival soplándole la nuca a su derecha, Terry Butcher; otro a su izquierda, Glenn Hoddle, le impide la cesión a Burruchaga; Fenwick se ha repuesto del amague y ahora cubre el posible pase atrás y, por delante, el portero Peter Shilton le cierra el primer palo.

El norte, el sur y el este están vedados para cualquier maniobra. Son las trece horas, doce minutos y veintisiete segundos del mediodía. Tres horas más en Buenos Aires. Seis horas más en Londres.

En cualquier ciudad del mundo, a cualquier hora del día o de la noche, intentar el disparo a puerta en medio de ese revoltijo de piernas es imposible, y el que mejor lo sabe es Jorge Valdano, que llega solo, muy solo, por la izquierda.

Nadie se percata de la existencia de Valdano, ni ahora en el área grande ni durante la escuela primaria, en el pueblo santafecino de Las Parejas.

Jorge Valdano se sentaba a leer novelas de Emilio Salgari mientras sus compañeros jugaban al fútbol en los recreos, arremolinados detrás de la pelota. El fútbol le parecía un juego básico a los nueve años, pero a los once ocurrió algo: entendió las reglas y supo, sin sorpresa, que los demás chicos no lo practicaban con inteligencia.

Empezó a jugar con ellos y, mientras el resto perseguía el balón sin estrategia, él se movía por los laterales buscando la geometría del deporte.

Y fue bueno. Integró dos clubes del pueblo y pronto lo llamaron de Rosario para las inferiores de Newell’s; debutó en primera antes de los dieciocho. A los veinte era campeón mundial juvenil en Toulon. A los veintidós ya había jugado en la selección absoluta.

Pero en esos años de vértigo nunca amó el juego por encima de todo. Si le daban a elegir entre un partido entre amigos o una buena novela, siempre elegía el libro.

Hasta ese momento de sus treinta años, Valdano no estaba seguro de haber elegido su verdadera vocación. Por eso ahora, que espera el pase, siente por fin que ese puede ser su destino, que quizá ha venido al mundo a tocar ese balón y colgarlo en la red.

Sabe que la única opción del jugador es el pase a la izquierda. No le queda otra salida. Mientras pisa el área piensa: «Si no me la da, largo todo y me hago escritor”.

Pero el jugador entra al área sin mirarlo. Tampoco Butcher, ni Fenwick, ni Hoddle, ni Shilton se enteran de su presencia. Ni siquiera el camarógrafo, que sigue la jugada en plano corto, lo distingue a tiempo.

En el video, Valdano es un fantasma que asoma el cuerpo completo recién cuando el balón está en el vértice del área pequeña. Jorge Valdano todavía no lo sabe, pero al final de ese torneo comenzará a escribir cuentos cortos.

No hay enemigo mayor para un atacante que el portero. El resto de los rivales puede usar la zancadilla rastrera o las rodillas para el golpe en el muslo. No importa, son armas lícitas en un deporte de hombres y el agredido puede devolver la acción en la siguiente jugada.

Pero el portero, el guardavallas, el goalkeeper, el arquero (como el de Lucifer, sus nombres son infinitos) puede tocar el balón con las manos.

El portero es una anomalía, una excepción capaz de deshacer con las manos las mejores acrobacias que otros hombres hacen con los pies. Y hasta ese día ningún futbolista de campo había logrado devolver esa afrenta en un Mundial.

Por eso ahora, cuando el jugador pisa el área y mira a los ojos al portero Peter Shilton (camisa gris, guantes blancos), entiende el odio en la mirada del inglés.

Media hora antes el argentino había vengado a todos los atacantes de la historia del fútbol: había convertido un gol con la mano. La palma del atacante había llegado antes que el puño del guardameta. En el reglamento del fútbol esa acción está vedada, pero en las reglas de otro juego, más inhumano que el fútbol, se había hecho justicia.

Por eso en este momento culminante de la historia, a las trece horas, doce minutos y veintinueve segundos, Peter Shilton sabe que puede vengar la venganza. Sabe muy bien que está en sus manos desbaratar el mejor gol de todos los tiempos. Necesita hacerlo, además, para volver a su país como un héroe.

Shilton había nacido en Leicester, treinta y seis años antes de aquel mediodía mexicano. Ya era una leyenda viva, no le hacía falta llegar a su primer y tardío Mundial para demostrarlo.

Aún no lo sabe, pero jugará como profesional hasta los cuarenta y ocho años. Protagonizará en el futuro muchas paradas inolvidables que, sumadas a las del pasado, lo convertirán en el mejor goalkeeper inglés.

Sin embargo (y esto tampoco lo sabe) en el futuro existirá una enciclopedia, más famosa que la Britannica, que dirá sobre él:

«Shilton, Peter: guardameta ingles que recibió, el mismo día, los goles conocidos como ‘la mano de Dios’ y el ‘del Siglo’».

Ese será su karma y es mejor que no lo sepa, porque todavía sigue mirando a los ojos al jugador argentino que se acerca, y tapa su palo izquierdo como le enseñaron sus maestros.

Cree que Terry Butcher puede llegar a tiempo con la patada final. «Quizá sea córner», piensa. «Quizá pueda sacar el balón con la yema de los dedos».

Tampoco sabe que dos años más tarde se publicará en Gran Bretaña un videojuego con su nombre, titulado «Peter Shilton’s Handball», ni que sus hijos lo jugarán, a escondidas, en las vacaciones de 1992.

Mejor que no conozca el futuro ahora, porque debe decidir, ya mismo, cuál será el siguiente movimiento del jugador. Y lo decide: Shilton se juega a la izquierda, se tira al suelo y espera el zurdazo cruzado. El argentino, que sí conoce el futuro, elige seguir por la derecha.

Antes de tocar por última vez el balón con su pie izquierdo, a las trece horas, doce minutos y treinta segundos del mediodía mexicano, el jugador argentino ve que ha dejado atrás a Peter Shilton; ve que Jorge Valdano arrastra la marca de Terry Fenwick; ve que Peter Raid, Peter Beardsley y Glenn Hoddle han quedado en el camino; ve a Terry Butcher que se arroja a sus pies con los botines de punta; ve a Jorge Burruchaga que frena su carrera con resignación; ve a Héctor Enrique, todavía clavado en la mitad del campo, que cierra el puño de la mano derecha; ve a su entrenador que salta del banquillo como expulsado por un resorte y al otro entrenador, el rival, que baja la mirada para no ver el final del avance; ve a un hombre pelirrojo con una pipa humeante en la primera bandeja de las gradas; ve la línea de cal de la portería contraria y recuerda el rostro del empleado que, durante el entretiempo, la repasó con un rodillo; ve nítidamente a su hermano el Turco que, con siete años, le echa en cara un error que cometió en Wembley en un jugada parecida, ve los labios sucios de dulce de leche de su hermano cuando dice:

«La próxima vez no le pegues cruzado, boludito, mejor amagále al arquero y seguí por la derecha».

Ve el rostro de su hermano con la luz de la cocina donde ocurrió la escena, ve la picardía con que lo miraba; ve, detrás del arco, un cartel que dice Seiko en letras blancas sobre fondo rojo; ve las uñas pintadas de verde de su primera novia, el día que la conoció, y ve a esa misma chica, ya mujer, amamantando a una niña; ve una pelota desinflada y se ve a él mismo, con nueve años, que intenta dominarla; ve a su madre y a su padre que arrastran, con esfuerzo, un enorme bidón de kerosén por una calle de tierra en la que ha llovido; ve una taquilla, en un vestuario de La Paternal, que lleva su nombre y su apellido en letras flamantes, ve su orgullo adolescente al leer por primera vez su nombre y su apellido en la taquilla; ve un estadio, sus tablones de madera, y ve también que un día el estadio entero, y no solo la taquilla, llevará su nombre.

El jugador argentino ha controlado el aire de sus pulmones durante nueve segundos, y ahora está a punto de soltar todo el aire de un soplido.

Al revés que todos los rivales y compañeros que ha dejado atrás, él puede respirar con su pierna izquierda, y también puede intuir el futuro mientras avanza con el balón en los pies.

Ve, antes de tiempo, que Shilton se arrojará a la derecha; ve la intención segadora de Terry Butcher a sus espaldas, se ve a él mismo, muchos años más tarde, con un nieto en los brazos, visitando la entrada del Estadio Azteca donde se levanta una estatua de bronce sin nombre: solo un jugador joven con el pecho inflado, un balón en los pies y una fecha grabada en la base: 22 de junio de 1986; ve una rave en Londres donde dos chicos de quince años escapan de una multitud que se burla; ve un departamento en penumbras donde solo hay una mesa, dos amigos y un espejo sobre la mesa; ve a una muchacha en una playa del trópico que se deja besar por un chico que lleva puesta una camiseta argentina; ve un enjambre de periodistas y fotógrafos a la salida de todos los aeropuertos, de todas las terminales, de todos los estadios y de todos los centros comerciales del mundo; ve a un niño embobado con un videojuego en la ciudad de Leicester, mientras su hermano vigila por la ventana que no aparezca el padre; ve el cadáver de un hombre viejo que ha muerto en Ginebra ocho días antes de ese mediodía, un hombre que también ha visto todas las cosas del mundo en un único instante.

Ve Fiorito de día; ve Nápoles de tarde; ve Barcelona de noche.

Ve el estadio de Boca a reventar y él está en el medio del campo pero no lleva un balón en los pies, sino un micrófono en la mano; ve a un anciano en el aeropuerto de Cartago, que espera a su hijo en el último vuelo desde México, para abrazarlo y consolarlo; ve un tobillo inflamado; ve a una enfermera de la Cruz Roja, regordeta y sonriente; ve todos los goles que ha hecho y los que hará; ve todos los goles que ha gritado y los que gritará en su vida entera; se ve, con cincuenta y tres años, mirando desde el palco la final del mundo en el estadio Maracaná; ve el día que verá a su madre por última vez; ve la noche en que verá por última vez a su padre; ve crecer a todos los hijos de sus hijos; ve los dolores de parto de una mujer que está a punto de parir un niño zurdo en Rosario, un año y dos días más tarde de ese mediodía mexicano; ve un espacio mínimo, imposible, entre el poste derecho y el botín de Terry Butcher.

Cierra los ojos. Se deja caer hacia adelante, con el cuerpo inclinado, y se hace silencio en todo el mundo.

El jugador sabe que ha dado cuarenta y cuatro pasos y doce toques, todos con la zurda. Sabe que la jugada durará diez segundos y seis décimas. Entonces piensa que ya es hora de explicarle a todos quién es él, quién ha sido y quién será hasta el final de los tiempos.

jueves, 7 de mayo de 2020

La Revolución de Mayo no marcó el nacimiento de la Nación Argentina, no marcó la consumación de un proyecto revolucionario previamente elaborado, y no marcó tampoco el momento del logro de la independencia ( Jorge Myers, 2009)

  ¿Fue la revolución de mayo una verdadera revolución?, se preguntaba en 2009 Liliana , Aguia, rompiendo con los moldes canónicos que desde la escuela fueron enseñados “el 25 de Mayo fue la revolución que cortó los lazos con España y comenzó con el proceso que culminaría con la independencia en 1816".


Afirmaba entonces que La investigación histórica reciente acuerda que Mayo no es la respuesta política de una nación originaria que encuentra la coyuntura para cortar los lazos coloniales.

Se basaba en las investigaciones de José C. Chiaramonte que señalaba :"El 25 de mayo de 1810 no marcó la irrupción en la historia de una nacionalidad argentina preexistente, en busca de su organización como Estado".

Proseguía rompiendo los moldes enseñados y aprendidos durante décadas: Dado que el 25 de Mayo y la revolución era “Un mito derivado de la preocupación por fortalecer el sentimiento nacional y apoyado en el principio de las nacionalidades –inexistente en tiempos de las independencias- según el cual las naciones contemporáneas habrían surgido de nacionalidades previas, algo también ajeno a los casos de la mayoría y más importantes naciones de Europa y América.


Explicaba apoyada en el escrito  artículo de  Chiaramonte que sostenía que “La nación es producto y no causa de mayo por lo tanto los proyectos de organización nacional no se basaron en sentimientos de identidad sino en prácticas contractuales".


Otro destacado historiador Jorge Myers, en la misma línea de Chiaramonte y Aguia agrega, “La Revolución de Mayo no marcó el nacimiento de la Nación Argentina, no marcó la consumación de un proyecto revolucionario previamente elaborado, y no marcó tampoco el momento del logro de la independencia”, en ese sentido marca la instancia de ruptura :” por primera vez, un gobierno formado por criollos toma el poder de lo que, mucho más tarde, pasaría a llamarse República Argentina. Y si bien inicialmente no tenía un proyecto de independencia, su valor radica en señalar el fin del antiguo régimen en estas tierras.


Apoyándose en el relato que Halperin Donghi hace de los días de mayo, enfatizando el papel de las milicias al sostener que termina la resistencia de los miembros del cabildo a cambiar sustancialmente los integrantes de la junta del 24 , cuando se amenaza con abrir los cuarteles y en ese caso la ciudad sufriría lo que se ha intentado evitar”.


Afirma:No hay duda de que la amenaza de usar la fuerza de las milicias fue el elemento decisivo ¿Basta esto para negar el carácter popular de la revolución que comenzaba y asimilarla entonces a las revoluciones militares que no iban a escasear en el futuro?



La conclusión de los historiadores, no parece demasiado evidente: la transformación de las milicias en un ejército regular, con oficialidad profesionalizada, es un proceso que está apenas comenzando, y por el momento los cuerpos milicianos son, más bien que un elemento autónomo en el conflicto, la expresión armada de cierto sector urbano que sin duda los excede. ¿Este sector puede ser llamado popular? .He aquí una pregunta que quienes han negado tajantemente el carácter popular de la Revolución de Mayo han omitido formularse, y acaso sea necesario imitar su prudencia. No es dudoso en todo caso que ese sector hallaba más fácil que su rival encontrar eco en la población urbana en su conjunto: que su consolidación y su emergencia como aspirante al poder
había aislado de ella a los grupos más limitados que tenían su destino
ligado al viejo orden. Señalado esto, no se ha resuelto por cierto el problema del carácter de la revolución, que no es idéntico al del porcentaje de la población de Buenos Aires que participó en la jornada del 25: es la concreta política del poder revolucionario la que puede dar la clave para resolverlo.

Sobre estos Waldo Ansaldi se preguntaba sobre la relación revolución/democracia. “Hay dos conceptos que aparecieron con el proceso de las revoluciones de independencia y que surgieron fuertemente unidos: democracia y revolución. Estas dos palabras fueron la apelación de los grupos criollos que aspiraban a ser dirigentes de las colonias que estaban independizando. Si inicialmente estos conceptos aparecieron unidos, en muy poco tiempo se disociaron.


“Con ello se perdió, acentúa Ansaldi, en primer lugar, la idea de revolución, que fue casi inmediatamente reemplazada por la idea –y la demanda- de orden. En segundo lugar, se perdió la apelación a la democracia como tipo de régimen político para constituir en nuestras sociedades. En cada uno de los países latinoamericanos, hubo un desplazamiento de una petición de principios de revolución y democracia a una petición en la cual la consigna principal era la de un orden centralizado. Este cambio se expresó de diferentes maneras en cada una de nuestras sociedades, pero en todos los casos la disputa por la constitución de un nuevo orden político se resolvió con la constitución de un orden excluyente. Con todo, más tarde o más temprano, en todos los países de la región estos procesos tuvieron finalmente desenlaces no revolucionarios y fueron exitosamente redireccionados por los sectores conservadores, quienes se limitaron a llevar adelante transformaciones fundamentales en las estructuras del Estado y no en las de la sociedad.

Las revoluciones de independencia fueron entonces revoluciones políticas que devinieron revoluciones pasivas dependientes, así el Congreso de Tucumán que declaró la Independencia el 9 de julio de 1816 muy pronto, a menos de un mes de iniciadas las sesiones, decretó el “fin de la Revolución, principio del orden”.


El Congreso de Tucumán era expresión de un cambio político en la correlación de fuerzas de la fase inicial de las revoluciones de independencia. Hacia 1820, en toda la región la revolución había pasado a ser sinónimo de violencia y anarquía, y contra ella se erigían las pretensiones de orden..


Aguiar, Liliana ( 2009) ¿Fue la revolución de mayo una verdadera revolución?, Universidad de Córdoba, Argentina.


http://bicentenario.unc.edu.ar/bicentenario-escuelas/foros/el-bicentenario-de-la-revolucion-de-mayo.-algunos

domingo, 26 de abril de 2020

Bochini se resume en los magistrales quiebres de cintura, el amague feliz, la gran pirueta de esconder la pelota, o la locura de bordar media cancha con gambetas ( Héctor Negro, poesía a Bochini)

Nadie soñaba que una patada de Erbín dejara el 5 de Mayo de 1991, haría que Bochini dejara el fútbol,  que todo se acabaría , que el “Quiero que Bochini juegue para siempre”, se había terminado así como el grito de “Bo Bochini” que bajaba de los cuatro costados del primer estadio de cemento de Sudamérica , hoy el “Libertadores de América). Al “Bocha”, no se lo iba a ver jugar de nuevo con pantalones cortos ni con la 10 era el final de su carrera un relámpago que acabó con todo. Claro que su figura siempre esta omnipresente, porque de generación en generación, la “leyenda” se transmite, chicos que aún no habían nacido le piden selfies o fotos o le pedían que les autografíe el libro publicado hace unos años.

Aseguró que en su retiro nada tuvo que ver con esto. “Largué el fútbol porque recibía patadas que antes podía esquivar”, se justificó Bochini . El diagnóstico era el mismo, la sensación y el dolor, no. “Es un esguince leve de rodilla –explicó el doctor Ugalde–, por lo que tendrá que permanecer inactivo durante cuatro o cinco días para después ver cómo evoluciona.” El Bocha, en cambio, fue más realista: “Justo ahora que estaba bien me pasa esto, voy a tardar como veinte días para recuperarme del todo. El problema no fue el golpe sino que en la acción el jugador de Estudiantes me llevó la rodilla y se me dobló”. Al final, fue una maldita distensión de ligamentos.

Para entender la grandeza de Bochini hay verla también en su contexto y no son solamente los 19 años con la camiseta, fue un jugador uno de los jugadores quebrilló se hizo un lugar en el fútbol, pero que en cierta forma quedó opacado por la aparición de Maradona, igual que Alonso en River y tantos otros.

Al cumplirse 20 años del retiro, el diario Perfil, recordó :”Hasta esa patada erbiniana el Bocha no sabía de dolores. En 19 años de copas, clásicos y finales regaló postales con la pelota al pie y la cabeza levantada, milimétricos pases a la red, toques sutiles y gambetas impredecibles. Pero lesiones que hayan terminado sobre una camilla, nunca. Por eso lo del 5-M estremece. Fue como finalizar la película con una escena que no tiene ninguna relación con el resto del argumento. El espectador, obvio, queda desencajado, no entiende. Eso fue lo que ocurrió el cinco del cinco del noventa y uno. ¿El Bocha en camilla? Imposible ¿En serio se retuerce de dolor? Ah, no, es demasiado. Que la última foto sea esa suena, por lo menos, injusto. Ya pasaron veinte años, uno más que los 19 que jugó. El pase gol lo extraña.

Lo cierto es que además del pase gol, el fútbol sin importar los colores, lo sigue extrañando, por su perfil bajo, por su magia y hasta la frase maradoniana que en el Mundial 86, le dijo expresándole admiración como lo fuera desde chico:”Pase maestro, lo estábamos esperando” forma parte de Bochini que hizo del fútbol una poesía, como la que le dedicó Héctor Negro

¿Quién podrá devolverte tanta fiesta?
¿Con qué pagar tanto gozoso instante
que nos dieron, che Bocha, a toda orquesta,
la pelota y tus pies calzando guantes?

Si habrás llenado tantas tardes mustias,
lujoso de arabescos y reflejos
que desataban nudos, mufa, angustias,
o sacaban un gol como un conejo.

Los magistrales quiebres de cintura,
el amague feliz, la gran pirueta
de esconder la pelota, o la locura
de bordar media cancha con gambetas.

Y luego el “Bo-Bochini” como premio
bajando desde el grito de la hinchada.
Cuando en el verde se soltaba el genio,
chispeando el resplandor de otra jugada.

¡Grande, Bocha…!, vos no pasaste al bardo.
Si habrá que darle juego a la memoria
para dejar tu estirpe a su resguardo,
subiendo por el rojo de tu gloria.

Cuando no salgas más entre los once,
Cuando la “diez” del rojo no te abrigue,
yo buscaré en la tarde dominguera
-en la función que, pese a todo, sigue-
la semilla que siembre tu madera.

Buscaré por potreros y distancias,
en los picados donde floreciste
y hasta que no reencuentre aquella magia,
aunque no se me note, andaré triste…

Fuentes:

El pase gol lo extraña: 20 años del retiro del Bocha, Diario Perfil, Mayo de 2011

Verona, Fabio:”Pase, maestro..., Olé 22/2/2020
Negro, Héctor A Bochini., Revista Un Caño, s/f

domingo, 19 de abril de 2020

El levantamiento del ghetto de Varsovia simbolizó no sólo la resistencia judía ante los alemanes y sus colaboradores durante la Segunda Guerra Mundial, sino que también sirvió de señal de que los judíos ya no responderían pasivamente a quienes los persiguieran y aniquilaran

El heroísmo judío tuvo su cénit durante la segunda guerra Mundial, jóvenes con escasa preparación militar , encerrados en su propi a ciudad , en la calle Mila 18 en Varsovia. Lleno de coraje, valentía y arriesgo se enfrentaron a las SS nazis que buscaron lisa y llanamente liquidarlos, exterminarlos, así fue el levantamiento del ghetto de VarsoviaL


La enciclopedia del Museo Memorial de Estados Unidos , sito en Wahington describe aquella batalla: "Las fuerzas alemanas intentaron comenzar con la operación para liquidar el ghetto de Varsovia el 19 de abril de 1943, la noche de Pascua judía. Cuando las SS y las unidades policiales entraron en el ghetto esa mañana, las calles estaban desiertas. Casi todos los esidentes del ghetto se habían ocultado en escondites o búnkeres. La reanudación de las deportaciones era la señal de un levantamiento armado en el ghetto.


El comandante de la ZOB ( Organización de Combatientes judíos), Mordecai Anielewicz comandó a los combatientes judíos en el levantamiento del ghetto de Varsovia. Armados con pistolas, granadas -- muchas de ellas de fabricación casera -- y unas pocas armas automáticas y rifles, los combatientes de la ZOB sorprendieron a los alemanes y sus tropas auxiliares el primer día de lucha, forzando la retirada de las fuerzas alemanas fuera del muro del ghetto. El comandante alemán, General de las SS Jürgen Stroop informó la pérdida de doce hombres, asesinados y heridos, durante el primer ataque al ghetto. El tercer día del levantamiento, las fuerzas policiales y de las SS de Stroop comenzaron a arrasar el ghetto, edificio por edifico, para forzar a los judíos restantes que salgan de sus escondites. Los combatientes de la resistencia judía hicieron ataques esporádicos desde los búnkeres, pero los alemanes redujeron sistemáticamente el ghetto a escombros. Las fuerzas alemanas asesinaron a Anielewicz y a quienes estaban con él en un ataque al búnker del comando de la ZOB en el número 18 de la calle Mila, que capturaron el 8 de mayo.

Aunque las fuerzas alemanas quebraron la resistencia militar organizada en pocos días desde el comienzo del levantamiento, personas y grupos pequeños se escondieron o lucharon contra los alemanes durante casi un mes.

Para simbolizar la victoria alemana, Stroop ordenó la destrucción de la Gran Sinagoga de la calle Tlomacki el 16 de mayo de 1943. El ghetto en sí estaba en ruinas. Stroop informó que había capturado 56.065 judíos y destruido 631 búnkeres. Calculó que sus unidades habían asesinado hasta 7.000 judíos durante el levantamiento. Las autoridades alemanas deportaron aproximadamente otros 7.000 judíos de Varsovia a Treblinka, donde prácticamente todos ellos fueron asesinados en las cámaras de gas apenas llegaron. Los alemanes deportaron a la mayoría de los judíos restantes, aproximadamente 42.000, al campo de concentración de Lublín/Majdanek y a los campos de trabajos forzados de Poniatowa, Trawniki, Budzyn y Krasnik. A excepción de unos pocos miles de trabajadores de los campos de Budzyn y Krasnik, las SS y las unidades policiales alemanas posteriormente asesinaron a la mayoría de los judíos de Varsovia deportados a Lublín/Majdanek, Poniatowa y Trawniki en noviembre de 1943 en la “Operación Festival de la Cosecha” (Unternehmen Erntefest).


Los alemanes habían planeado liquidar el ghetto de Varsovia en tres días, pero los combatientes del ghetto resistieron durante más de un mes. Incluso después del fin del levantamiento del 16 de mayo de 1943, judíos individuales que se ocultaban en las ruinas del ghetto continuaron atacando las patrullas de los alemanes y sus tropas auxiliares.


El levantamiento del ghetto de Varsovia fue el más grande, simbólicamente el levantamiento judío más importante, y el primer levantamiento urbano en la Europa ocupada por los alemanes. La resistencia en Varsovia inspiró otros levantamientos en ghettos (por ejemplo, Bialystok y Minsk) y campos de exterminio (Treblinka y Sobibor). En la era de la posguerra, el levantamiento del ghetto de
Varsovia simbolizó no sólo la resistencia judía ante los alemanes y sus colaboradores durante la Segunda Guerra Mundial, sino que también sirvió de señal de que los judíos ya no responderían pasivamente a quienes los persiguieran y aniquilaran. En la actualidad, la ceremonia de los Días del Recuerdo que conmemora las víctimas y los sobrevivientes del Holocausto se vincula con las fechas del levantamiento del gueto de Varsovia.


Fuente:
El Levantamiento del ghetto de Varsovia, Museo Memorial de Estados Unidos,
https://encyclopedia.ushmm.org/content/es/article/warsaw-ghetto-uprising

sábado, 18 de abril de 2020

Jornada laboral de 8 horas para los adultos, prohibición de trabajar a menores de 14 años, la abolición del trabajo nocturno, el descanso no interrumpido de 36 horas por semana y la prohibición a aquellas industrias que perjudiquen la salud del trabajador( Manifiesto del primer día del trabajador en Argentina , 1890)

El jueves 1 de mayo de 1890, a las tres de la tarde, comenzó el primer
acto del día del trabajador en Argentina, el contexto histórico marcaba que fue bajo el gobierno de Juarez Celman y bajo una fuerte crisis económica, con una inflación y la especulación que llegaron a un nivel alarmante.

En ese contexto el grupo de exiliados políticos alemanes, perseguidos por el gobierno de Bismarck, se radicaron en Argentina habían fundado, el 1 de enero de 1882, un club socialista al que bautizaron "Verein Vorwärts"(significa unidos adelante). La asistencia se calculó entre 1500 y 2000 personas, una cifra importante para aquella época.

Fueron Dieciocho los  oradores, muchos de ellos extranjeros, hubo alemanes, franceses, italianos y españoles. En ese panorama Vorwärts decidió, en 1890 –de acuerdo a las directivas del Congreso Obrero Internacional celebrado en París- conmemorar, en todos los países, la fecha del 1 de mayo 
( hoy hay países que tomaron otro día para la celebración- recuerdo), la denominaron "fiesta internacional de obreros". La celebración sería el puntapié inicial de la creación de una federación de obreros en el país  así  como la edición de un periódico, canal de difusión de las ideas de los obreros.


El manifiesto que dieron a conocer revelaba sus objetivos: lograr una jornada laboral de 8 horas para los adultos, la prohibición de trabajar a menores de 14 años, la abolición del trabajo nocturno (salvo en los casos en que la producción no pudiera discontinuar), la prohibición del trabajo de la mujer, el descanso no interrumpido de 36 horas por semana, la prohibición a aquellas industrias que
perjudiquen la salud del trabajador, la supresión del trabajo a destajo y por subasta y la inspección minuciosa de -por parte del Estado y de los propios obreros- fábricas y talleres. Reclamaba que todas estas disposiciones se implementasen a través de leyes de alcance internacional.

El manifiesto finalizaba con un "¡Viva el 1 de mayo de 1890! ¡Viva la Emancipación Social!".
Como en los días anteriores la patronal había advertido que se descontaría el día de trabajo a aquellos que faltasen por ir al acto, y en muchos casos se los despediría. Se abrió una colecta para auxiliar a todos aquellos que les alcanzaran semejantes sanciones. Se lograría recaudar 120 pesos.

Todas las peticiones señaladas más arriba fueron elevadas a la Cámara de Diputados para su discusión, cosa que el cuerpo nunca trató. En agosto de 1892 el expediente fue archivado.

Como se mencionó, uno de los resultados del mitin, fue la decisión de editar un periódico, que se llamaría "El Obrero". Saldría por primera vez el 1 de diciembre de 1890. Entre sus principales colaboradores estaba Germán Avé Lallemantun  ingeniero alemán llegado a la Argentina en 1870 y terminaría radicándose en San Luis en la búsqueda de oro y petróleo. Fue el primero en usar dinamita en Argentina.

Y posiblemente, como en la vida nada es casual, en 1872 se casaría con Enriqueta Lucero, quien pasaría a la historia como la protagonista de la primera huelga docente que hubo en el país, en noviembre de 1881, quien tuvo la osadía de desafiar, desde San Luis, al funcionario a cargo de Educación: Domingo F. Sarmiento, Superintendente de Escuelas

Adrián Pignatelli "1º de mayo de 1890: La Recoleta fue sede de la primera conmemoración
del Día del Trabajador en la Argentina, Infobae , 1 de Mayo de 2018 .

sábado, 4 de abril de 2020

"Ser de Boca es un regalo de Dios” ( Antonio Cafiero, 2010)


   Ayer, 3 de Abril, Boca cumplió 115 años Boca, sin dudas, el equipo más popular de la Argentina y el que mayores pasiones ( a favor y en contra despierta), tiene y tuvo muchos hinchas famosos, entre ellos estuvo Antonio Cafiero, activo participante del peronismo en particular y de la política nacional en general durante casi 50 años. En 2010 fue entrevistado por la revista Un Canio, en la que describió su fanatismo, dejando una frase marcatoria de su pasión la Ser de Boca es un regalo de Dios”


  Empezaba antes de que se le hiciera la primera pregunta: “ hincha de Boca, hincha de Boca se nace. No cualquiera puede ser hincha de Boca, tiene que reunir condiciones: amor y fidelidad a sus colores, fervor, ánimo ganador, sentirse parte de una mayoría popular y de un proyecto colectivo”. “Es una concepción de vida”, resumía.

  Cafiero agregaba que la afirmación no entraba en discusión, aunque “Quizás, admitiría, que el único que se le parece al boquense es el de Racing, porque compartimos una magia especial que no tienen otras instituciones. Pero, los de Boca tenemos, cómo decirlo… una gracia, un don, como un regalo que nos hizo Dios. Y si no tenés esa gracia, estás jodido: no podés ser hincha de Boca”. Se suele decir que el fútbol es una religión ( en la realidad tiene muchos puntos en común, cuando se analiza el fanatismo y las prácticas:” Yo soy creyente; si no lo fuera, tampoco sería de Boca. Ser de Boca y ser creyente es lo mismo”

  Tal es la pasión que tuvo Antonio Cafiero, fallecido en 2014 a los 92 años que en su libro "Militancia sin tiempo" incluyó un capítulo La pasión boquense, donde narra la historia de pasión “bostera”. Asegura que nació de Boca, aún cuando su padre, un hincha fanático de River, hizo todo lo posible para evitarlo. El padre del ex ministro peronista gobernador de la Provincia de Buenos Aieres, embajador y legislador lo asoció a River, de chiquito lo llevó a la vieja cancha de tablones de madera de Libertador y Tagle y nunca dejó de pagarle la cuota societaria, por lo que hoy Cafiero ostenta la extraña condición de ser socio vitalicio de las dos instituciones archirrivales.

  –¿Cómo se dio cuenta de que quería ser de Boca y no de River como su padre?

  –Porque, como te dije, nací con esa gracia. Yo iba con él a la cancha de River y estaba más pendiente del Alumni, donde informaban cómo iba Boca. Cuando tenía siete años, me agarró el metejón futbolero y Boca era el equipo más popular. Quería tener en mi cuarto la lámina del Boca campeón de El Gráfico y me enteré de que el repartidor de leche lo había comprado. Se lo pedí y quedamos que me lo traería a la mañana siguiente. Me levanté a la cinco de la madrugada y me senté en el umbral de casa a esperar a que pasara el carro. Papá me vio, me preguntó por qué no estaba durmiendo, le inventé cualquier excusa y, en secreto, me hice de mi primer póster del Boca campeón.

  –¿Cómo se lo terminó confesando?

–Se lo oculté durante mucho tiempo, pero un día le dije “mirá viejo, no quiero ir más a la cancha con vos, me hice socio de Boca y desde ahora los domingos voy a ver a Boca”. A los 18 años, en 1940, me asocié al club. A mi papá le propuse un pacto: cuando River jugara de local, yo lo acompañaba; y cuando era al revés, él me acompañaba a mí. Ese pacto lo mantuvimos vigente durante cuarenta años. Pero, en atención a mi padre, no renuncié a seguir siendo socio de River. Fue una de esas decisiones no pensadas que duran toda la vida. En aquella época, mi ídolo era Francisco Varallo, que se había iniciado en Gimnasia y Esgrima La Plata y, por pasarse a Boca, dejaron de saludarlo y perdió amistades. Varallo formó parte de un terceto típico de Boca: jugaba de 9 con Delfín Benítez Cáceres (un paraguayo al que apodaban El machetero) y de 10, Roberto Eugenio Cherro, el máximo goleador de la etapa amateur. Pero Varallo era famoso por su estilo efectivo. Me gusta compararlo con Palermo, no por su juego aéreo, sino por la tenacidad con la que buscaba el gol o porque desconcertaba a las defensas adversarias en espacios reducidos. Tenía una estrategia fenomenal: en determinado momento, Varallo se hacía el rengo, como si lo hubiesen lastimado, entonces lo ponían de puntero, en la línea de salida. En ese momento clave, la defensa adversaria se descuidaba porque lo creía debilitado, pero al tipo le pasaban la pelota y salía corriendo a toda velocidad. En 1931, en un partido contra River, el arquero le atajó un penal, pero Varallo lo atropelló y metió el gol igual. ¡Se armó un escándalo! Hasta creo que suspendieron el partido. Era un guerrero.

–Dejemos los recuerdos futbolísticos y volvamos a su padre ¿cómo reaccionó cuando le contó que se hizo de Boca?

  –No le quedó otra que aceptarlo. Y cuando me sacaba una buena nota en el colegio me llevaba a ver a mi equipo. Eso sucedía una vez al año. Pero a él no le gustó nada, como no me gustó a mí cuando un hijo mío me dijo que se había hecho hincha de River.

  –Todo vuelve, dice mi abuela.

  –A mí me volvió. Yo tengo diez hijos; con todos intenté que se hicieran de Boca y fracasé. Tengo hijos de Boca, River, Vélez, San Lorenzo… Un menú variado.

  –¿Alguna vez su pasión por Boca le hizo cometer algún acto irracional?

  –La peor fue cuando nació Cecilia, una de mis hijas. Mi mujer esperaba familia, pasaban los días, no se producía el parto y yo, que aguardaba el nacimiento con cierta indiferencia, me empecé a preocupar: “no vaya a ser que esta hija nazca justo el día de la final”. Es que justo había una final, y Boca podía salir campeón. Pasó lo que intuí y tuve que optar entre quedarme con mi mujer en el sanatorio o ir a la cancha a ver la final.

  –Y usted hizo lo segundo.

  –Eso hice. No sé si me explico: yo dejé a la señora sola en el sanatorio, le dije que me llamaba el Presidente, que iba y volvía. Pero a mí no me llamaba el Presidente, me llamaba Boca. Esa tarde salimos campeones, después vinieron los festejos y a eso de las nueve de la noche dije “la pucha, seguro debe haber nacido la bebé y yo acá en la cancha, mi mujer me mata”. Salí disparado para el sanatorio y cuando llegué, mi hija ya hablaba. Mi mujer nunca me lo perdonó, no me lo recriminó porque era muy suave, pero siempre le quedó la espina. Al otro día, Borocotó publicó en El Gráfico un sueltito que decía que en el momento que Boca salía campeón nacía una hija del ministro Cafiero y que yo, en homenaje al campeonato, le iba a poner Justa Victoria. ¡Mirá si le iba a poner Justa Victoria! Fue un poco irracional de mi parte, pero así es la pasión. La pasión brota de un sentimiento en el que juegan factores psicológicos que no son explicables.

  –¿Esa misma pasión por Boca se entrometió en sus actividades como funcionario?

  –En 2000 tenía una reunión importante en México como presidente de la Coppal, justo cuando Boca jugaba la final de la Libertadores contra el Palmeiras. Estaba arriba del avión y en la escala en Brasil me bajé. No tenía hotel ni entrada para la cancha, pero me mandé igual. Esa llegué a la cancha y me encontré con alguien que me dio una. Entré, me tocó la popular y de pronto me vi en medio de La 12, y los muchachos fumando cosas… Entre que los muchachos estaban parados y el humo que largaban, no veía nada, así que me subía a los costados de la butaca con la ayuda de alguien y cuando me cansaba me bajaban. Así vi todo el partido, mientras me preguntaba qué se estaba fumando ahí. Al otro día viajé a México.

  –Pero lo más común es que las personas cambien de pareja, revisen sus creencias religiosas y hasta se alejen de su patria. Sin embargo, no cambian de camiseta. ¿Cómo explica este fenómeno?

–Para eso no hay explicaciones racionales, es una pasión y punto. La pasión no tiene sentido, y en mi caso fue producto de la gracia de Dios. Ysi Dios quiso que yo fuera fanático de Boca, para mí está todo resuelto.

Fuente :Mainelli, María Fernanda, UN CAÑO #30 – Octubre 2010