domingo, 11 de junio de 2017

Salón del Automóvil de Buenos Aires, la modernización del futuro, el sueño del lujo y la nostalgia del pasado unidos

El octavo Salón Internacional del Automóvil de Buenos Aires en La Rura abrió sus puertas ayer en la Rural.

La Asociación de Fabricantes de Automotores (ADEFA) y AMC Promociones Argentina organizan cada dos años esta cita obligada para los amantes de los autos, y con actividades para todas las edades.

Con imagen renovada, moderna e innovadora este año, los pabellones Azul, Verde, Amarillo, estarán colmados de novedades. En sus casi de 30.000 m2 las marcas miembros de ADEFA y más de trece firmas importadoras exhibirán numerosos lanzamientos de nuevos modelos y se podrán ver las tendencias del futuro de la mano de los prototipos.

Los más aventureros podrán realizar una travesía en la pista off road, en los diversos vehículos dispuestos por las marcas participantes. Junto a pilotos profesionales, se podrá recorrer este trayecto imperdible.

El Salón Internacional del Automóvil tiene en cuenta a toda la familia y en esta nueva edición, contará con la instalación del “Parque Vial” para que los más chicos puedan tomar contacto con los primeros conocimientos de las normas de tránsito. Continuando con el compromiso de concientización y aprendizaje, en los puestos de informes se les entregará a los niños globos con dibujos y mensajes importantes para el manejo responsable en la vía pública.

En éste 8vo Salón se realizará un homenaje con un exclusivo espacio al diseñador y constructor santafecino Horacio Pagani exhibiendo el “Pagani Zonda Revolution.”

También se ofrecerá un recorrido por la historia automotriz, en los 5000m2 del pabellón Ocre. Allí habrá varias muestras temáticas, entre ellas, una colección de Roll Royce del Club de Autos Clásicos de la República Argentina, Autos Nacionales con historia familiar, Autos Clásicos Modernos, Hot Rods, vehículos militares , una muestra de Alain Baudena “Baufer” con autos de competición y sport de su autoría.

En esta octava edición tendremos la presencia de tres museos: el Museo del Automóvil de Bs. As. con la temática restauración; el Museo del Transporte de Luján que exhibirá uno de los Papamóvil utilizado por Juan Pablo II; y el Museo Primer Automóvil de Campana,que presentará el primer vehículo argentino fabricado en 1907.

La muestra se podrá recorrer todos los días de 12:00 a 22:00 hs.

La entrada tiene el valor de $200 y se puede comprar de manera anticipada en la tienda oficial del Salón en Mercado Libre (tienda.mercadolibre.com.ar/salon-del-automovil-) o durante los 11 días que dura la muestra, en las boleterías de Plaza Italia y del Estacionamiento subterráneo de La Rural.

Los menores de 7 años entrarán gratis, areditando su edad con el DNI vigente y acompañados por un mayor. Las personas con discapacidad podrán obtener su pase sin cargo,válido para un día, previa solicitud en la web y presentar el certificado de discapacidad y DNI vigentes a la fecha.

Para más información, ingresar a www.elsalondelautomovil.com.ar

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Twitter: @SalonAutoBA



Instagram: salonautoba

jueves, 8 de junio de 2017

ROBLEDO PUCH, EL ÁNGEL NEGRO, EN LOS SETENTA CON SÓLO VEINTE AÑOS ASESINÓ A ONCE PERSONAS POR LA ESPALDA

Lo llamaron , no sin razón , "El ángel negro", cuando todavía no había cumplido 20 años, parecía una criatura indefensa, pero, como se suele decir , las apariencias engañan. Carlos Robledo Puch en Marzo de 1971, comenzó su delirio por el que dos años después sería condenado a cadena perpetua por diez homicidios calificados, un homicidio simple, una tentativa de homicidio, diecisiete robos, cómplice de una violación, y de una tentativa de violación, un abuso deshonesto, dos raptos y dos hurtos.

El periodista Rodolfo Palacios , especialista en policiales ("el escriba del hampa", como lo apodó Andrés Calamaro), lo entrevistó en Sierra Chica y describió su personalidad volcando sus impresiones en el libro que Sudamericana acaba de reeditar.

Cree que lo voy a matar. Ahora está inmóvil y en silencio, sentado frente a mí, en la sala de visitas de la cárcel de Sierra Chica, un pueblo bonaerense de tres mil habitantes. La luz del sol que entra por una ventana le ilumina los ojos celestes. Me mira fijo, casi sin pestañear. No hay guardias a la vista y es tarde para dar marcha atrás. Yo también estoy inmóvil y en silencio. En la mesa hay una Biblia amarillenta que lee en sus noches de insomnio. Pero eso me lo dirá después porque ahora, mientras me mira las manos, sospecha que en su primer descuido —por más imperceptible que sea— le clavaré un puñal afilado por la espalda. O le dispararé a quemarropa y me iré sin culpa por la misma puerta por la que entré. Y todo habrá terminado. Ni siquiera tendrá tiempo de pedir el último deseo que se le concede a un condenado al pelotón de fusilamiento: oler un plato de comida, pitar un cigarrillo, acariciar una foto familiar o gritar de rabia.

—Así matan los cobardes.

Eso me dice Carlos Eduardo Robledo Puch mientras desarma mi lapicera. La mueve como un péndulo por las dudas de que haya reemplazado la tinta por un veneno líquido. “Como el que usó Claudio para matar a su hermano, el Rey, padre del príncipe Hamlet de Dinamarca”, acota el mayor asesino múltiple de la historia criminal argentina, citando a Shakespeare mientras deja caer la última gota de tinta sobre un papel. Luego se acerca hacia mí; quiere revisarme contra la pared, al lado de una cruz de madera tallada a mano y del almanaque de una carnicería de barrio que dice “Jesús te ama y está contigo”. Robledo Puch piensa que vulneré la máxima seguridad de la prisión con una pistola en la cintura.

Le muestro mi bolso para tranquilizarlo: sólo hay papeles, algo de ropa y un grabador. No soy su verdugo, le recuerdo; soy un periodista que quiere escuchar su historia. Esa simple aclaración le hace cambiar de parecer.

El hombre calificado por la ciencia como psicópata cruel, perverso y desalmado ahora no me mira fijo. Ya no cree que esté ahí para matarlo. Sonríe y se rasca la calva. Camina con torpeza alrededor de la pequeña sala; va de una punta a la otra con las manos atrás. Después de unos segundos me pide perdón y me abraza:

—Pensé que eras un impostor o un sicario contratado para eliminarme a sangre fría. Estás destinado a ser la persona que más conoce a Robledo Puch. De ahora en más voy a considerarte un amigo para toda la vida.

Eso dice el hombre que entre el 15 de marzo de 1971 y el 3 de febrero de 1972 mató a balazos a once personas por la espalda o mientras dormían. Mataba a todo aquel que se le cruzaba por delante. “Que conste que siempre maté por la espalda”, le pidió al juez de la causa, Víctor Sasson. No solía dejar testigos de los robos que cometía con dos cómplices. Está preso desde entonces; tenía 19 años y una cara angelical. Lo llamaban “el Ángel Negro”.

Conocí a Robledo Puch la mañana del viernes 18 de julio de 2008. Hasta ese día se había negado a mis insistentes pedidos de entrevista gestionados ante el Servicio Penitenciario Bonaerense. Su respuesta era siempre la misma: “No quiero saber nada con los periodistas”. Había pruebas de sobra para demostrar su odio a la prensa. Un día, durante una visita de los medios y las autoridades penitenciarias por los pabellones de la cárcel, un funcionario le preguntó al preso más famoso del penal si quería dar alguna nota. Robledo respondió:

—Odio a los periodistas porque por culpa de ellos mi madre intentó suicidarse. La destruyeron.

—Si cambia de opinión, me avisa —le propuso el funcionario.

—¡Espere, espere, se me ocurrió una idea! —exclamó Robledo—. Voy a hablar con el periodista que tenga los huevos para hacer algo que me obligaron a hacer varias veces...

—¿Qué es?

—Arrodillarse y lamer el fondo del inodoro que acabo de usar. Hasta que quede bien limpito.

Casi diez años después de esa anécdota logré que Robledo me recibiera sin necesidad de limpiar el baño de su celda. El camino fue más simple y menos humillante. Le mandé una carta en la que le proponía hacerle una nota para el diario Crítica de la Argentina, donde yo escribía en la sección Policiales. Me llevé una sorpresa cuando respondió dos semanas después con una carta en la que, además de citar a Perón (“Dentro de la ley todo, fuera de la ley nada”), aceptaba la entrevista porque admiraba al periodista Jorge Lanata, el fundador y director del medio. “Mi abuelo materno, Federico, cuyas cenizas descansan en un cofre de bronce, leía el viejo Crítica. Entiendo que esta remake del diario necesita una nota impactante para darse a conocer, aunque me pregunto si usted tiene ese espíritu de suicida que se necesita para llevar adelante esto que yo llamo mi epopeya por recuperar la libertad”, me escribió Robledo.

En la carta le prometí que tendría la oportunidad de expresarse libremente. Volví a decírselo cuando me llamó por teléfono desde uno de los pasillos de la cárcel de Sierra Chica. Su voz se escuchaba acelerada: “No sé cómo me imaginarás, pero no soy el personaje monstruoso que inventó la historia para referirse a mí”. La publicación en el diario de dos cartas escritas por él de puño y letra —en las que se declaró inocente y juró que nunca había disparado un arma— lo dejó conforme porque hasta ese momento ningún medio le había permitido ejercer su descargo sin interrupciones. Después de ese reportaje, mientras me acompañaba a una de las salidas, Robledo me preguntó si algo de lo que había dicho podía ofender a los familiares de las víctimas. “Yo no las maté, pero entiendo que esa gente sigue sufriendo. No quiero que se sientan mal”, me dijo preocupado. La entrevista que salió en el diario (en la que se dejó fotografiar por el reportero gráfico Diego Sandstede después de quince años de negarse a ser retratado) le gustó a medias: se quejó porque en el reportaje lo describí torpe y apegado a su mascota (una vieja gata), como si fuese La Raulito, una huérfana hincha de Boca que se crió en un reformatorio, vivió en manicomios y murió en un asilo de ancianos. “No quiero dar lástima o parecer un idiota. Además me rompe las pelotas que me hagas lo que hacen todos: compararme con la basura del Petiso Orejudo, el matador de niños. A veces pienso que tu nota me hizo quedar como un semianalfabeto, un retardado, un débil mental, un verdadero opa. No sé si no es mejor quedar como un asesino hijo de mil putas”, me dijo.

Durante casi un año Robledo me envió cuarenta y cinco cartas (una la firmó como Jesucristo, en otra entrevistó a un asesino que vive en su pabellón) y lo visité ocho veces. También le escribió a Lanata: le mandó columnas de opinión política (con el título “La sexta columna”) para publicar en el diario con el seudónimo Teodomiro. “Si Perón escribió varios artículos con el seudónimo de Descartes, yo lo haré con el de Teodomiro, un nombre de origen germano que significa ‘célebre en su pueblo’”, propuso. En sus notas, Robledo (o Teodomiro) vaticinó que se acercaba el fin del mundo y que los hombres se comerían unos a otros. Lanata me pidió que le dijera a Robledo que no le escribiera más porque lo estaba volviendo loco y lo había llenado de cartas. El asesino enfureció. Dejó de escribirle y de admirarlo.

En la segunda visita que le hice, después de la publicación de la nota, se sorprendió por el interés que tuve en viajar otra vez a Sierra Chica para verlo. Noté que me miraba como si yo fuese un extraño. Ese día pensó que mi intención no era escribir su biografía. Creyó que quería matarlo. Sus sospechas duraron quince minutos. Hasta que me abrazó y me llamó “amigo”. No tardé mucho tiempo en darme cuenta de que pasa del odio al amor y del amor al odio en pocos minutos.

En la primera entrevista que le hice, Robledo tuvo un entredicho con una joven enviada por el Servicio Penitenciario Bonaerense para presenciar parte de la nota. La chica tuvo la osadía de hacerle una pregunta. Robledo la miró y le dijo:

—Señorita, usted es una insolente. Nos está fisgoneando. La enviaron los de arriba para vigilarnos y saber todo lo que decimos.

Ella se incomodó —no era para menos— y ofreció sus disculpas. Pero luego Robledo le aclaró que no lo decía en serio. “Es una broma, señorita”. Cuando ella salió de la sala con la excusa de hacer un llamado, Robledo se me acercó y me confesó:

—No era ninguna broma. Se lo había dicho en serio. Porque nos estaba fisgoneando.

La historia de Robledo empezó a interesarme cinco años antes de conocerlo, cuando el médico legista Osvaldo Raffo me contó anécdotas del caso. “Durante los veinticinco encuentros que tuve con el psicópata asesino sentí que yo era el cura y él el diablo de la película El exorcista, aunque era bello y tenía un aire a Marilyn Monroe”, me contó Raffo, autor de las pericias psiquiátricas que mandaron a Robledo a la cárcel casi de por vida. Además he leído los diarios y las revistas de la década del 70, cuando los periodistas recurrían a todo tipo de adjetivos para calificar al joven asesino múltiple: lo llamaban “monstruo”, “bestezuela humana”, “sádico asesino”, “hiena perversa”, “tuerca maldito”, “niño-muerte”, “asesino unisex”, “Belcebú”, “gato rojo”, “demonio bien parecido”, “diablo con cara de niño” y “chacal”. Pero los apodos que perduraron fueron “el Ángel de la Muerte” y “el Ángel Negro”.

El diario Crónica fue más lejos y puso la supuesta (según ellos “deleznable”) homosexualidad del acusado a la altura de sus delitos. “Se toca el pelo y tiene un toque femenino que marcaría su desviación maligna”, escribió un periodista de policiales de la quinta edición de ese diario. Entrevistaron a sus amigos, sus vecinos, su maestra de primer grado, su profesora de piano y a todo aquel que pudiera decir algo sobre el famoso criminal —definido como un “niño bien”— que venía de una familia de clase acomodada de Olivos, el barrio más importante del partido de Vicente López, situado en el primer cordón del Gran Buenos Aires, a veintidós kilómetros del centro de la Ciudad de Buenos Aires. Según el último censo de 2001 tiene 75.527 habitantes. Es una zona cercana al río que reúne residencias elegantes y casas más populares. En catorce de sus manzanas alberga el poder: en la quinta de Olivos viven los presidentes de la Argentina.

Robledo tiene ojos y orejas grandes, cara pálida sin arrugas pero con pequeñas patas de gallo. Camina con los brazos pegados al cuerpo y el cuello hundido. Suele mirar con el ceño fruncido: la ceja derecha se le arquea más que la izquierda. Casi siempre viste jogging gris, zapatillas y una campera bordó vieja. 

De aquel joven enrulado y pelirrojo de aspecto angelical que mataba sin parar sólo queda la mirada fría y penetrante. Cuando lo abracé por primera vez descubrí la fragilidad de su cuerpo menudo y encorvado. En ese instante pensé que si lo hubiese apretado con fuerza podría haberlo lastimado. Pero fue una sensación que duró segundos. Por ese tiempo fui la única visita que él autorizó en los últimos diez años, cuando ya tenía 57. Nadie lo iba a visitar: su madre, Aída Josefa, intentó suicidarse y tiempo después murió en un manicomio; el último en ir a verlo fue su padre, Víctor, poco antes de morir convencido de haber engendrado al peor asesino del país. Eso lo hizo desconfiar de todo y de todos. 

Como su hijo, que sólo se siente protegido por su desconfianza acorazada y casi tan indestructible como las piedras de granito que sostienen la cárcel. Es que Robledo quizá tuvo motivos para creer que yo podría estar ahí, en esa sala, para matarlo. En las últimas tres décadas intentaron asesinarlo varias veces. Uno de los policías que participaron de su detención en 1972 reveló que tenían la orden de fusilarlo y plantarle un arma para simular un enfrentamiento; no lo hicieron porque, cuando lo encontraron, estaba con su madre y el plan debía ejecutarse sin testigos. Pocos días después, cuando lo trasladaban para hacer la reconstrucción de los crímenes, un grupo de personas intentó lincharlo. 

“La sombra del paredón de fusilamiento para el monstruo con cara de niño”, tituló la revista Así, que ese día agotó la tirada. Por entonces, la Justicia analizó aplicarle la pena de muerte, instaurada en 1971 por la dictadura de Onganía, aunque sólo estaba permitida para secuestros seguidos de muerte o atentados contra transportes y dependencias militares. Un año después de su detención, cuando una noche con niebla se fugó de la Unidad Penal Número 9 de La Plata saltando un muro con una soga anudada, esquivó las ráfagas de ametralladora de los guardias que quisieron frustrar su huida. “Soy Robledo Puch, no me maten”, suplicó cuando lo recapturaron casi tres días después.

Robledo confesó cada uno de sus asesinatos, pero lo hizo después de que lo encerraran en un cuarto oscuro y secreto de la comisaría 1ª de Tigre y, según sus denuncias, lo torturaran con picana eléctrica, desnudo, con el pelo largo y los ojos abiertos, atado con los brazos en cruz a una escalera fría. Esa noche, diría tiempo más tarde, se sintió un Cristo crucificado. Cinco días después de esas sesiones secretas informaron del arresto a la prensa.

En 1980 quisieron someterlo como un conejillo de Indias a experimentos de dudosa efectividad. Una mañana, el neurocirujano Raúl Matera —amigo y colaborador de Juan Domingo Perón— recibió a Robledo, que estaba custodiado por dos guardias, en su consultorio. Al principio se mostró cordial y comprensivo: le preguntó cómo lo trataban los otros detenidos, lo revisó superficialmente (le tomó la presión y le auscultó el corazón) y luego reveló sus intenciones:

—Robledo, creo que usted necesita un tratamiento especial —sugirió Matera.

—No hace falta, doctor, estoy sanito.

—Creo que no me entiende. Le estoy hablando de algo revolucionario. Si usted me autoriza, empezamos con los estudios cuanto antes.

Matera quería someterlo a una lobotomía frontal, una polémica y revolucionaria operación de cerebro implementada por primera vez en 1935 por el premio Nobel portugués António Egas Moniz. El primer paciente que pasó por esa intervención fue un chimpancé, que murió después de la operación. Con esa técnica, que ya no se aplica porque resultó un fracaso (los operados quedaban zombis o más violentos que antes), los científicos pretendían neutralizar las conductas violentas de psicópatas, criminales, depresivos y dementes. En otras palabras, buscaban extraer el mal a punta de bisturí.

—A Robledo nadie le toca el cerebro —le contestó Robledo Puch a Matera. Por entonces hablaba de sí mismo en tercera persona.

El cirujano no insistió. Nadie insiste cuando está frente a Carlos Eduardo Robledo Puch. Nadie se atreve a contradecir a un hombre desconfiado que vivió la mayor parte de su vida en la cárcel y sobrevivió a más de diez motines, entre ellos el peor levantamiento presidiario de la historia: un grupo de presos, llamados “los Doce Apóstoles”, durante la Semana Santa de 1996 tomó como rehenes a los guardias y a una jueza e incineró en el horno de la panadería a ocho detenidos acusados de violación. Con los restos de uno rellenaron empanadas; con la cabeza de otro hicieron unos pases de fútbol en el patio. Mientras ocurría la masacre, Robledo Puch se refugió en la parroquia de la prisión con una Biblia en la mano.

Es la misma Biblia deshojada que está apoyada en la mesa durante mi primer encuentro con él. Robledo Puch recita:

—Bienaventurado el hombre que no anda según el consejo de los impíos, ni se detiene en el camino de los pecadores, ni se sienta en la silla de los burladores.

Después cierra la Biblia y la acaricia con sus manos pequeñas y blancas.

—Estas páginas sagradas son mi salvación. Si hubiera matado a todas esas personas sería el primero en reconocerlo. Y pediría que me den una oportunidad para rehacer mi vida. He pagado con creces. Dios me ha perdonado; aún no me soltó la mano. Está escrito. Lo único que él no perdona es la blasfemia contra el Espíritu Santo. Lo que todos han hecho sistemáticamente a lo largo de los años fue descalificarme. Nadie me trató como un ser humano.

La sala de entrevistas y de visitas del penal es silenciosa. Suele ser usada por los detenidos antiguos o los refugiados: ex militares o policías presos por homicidio o robo. Nunca se mezclan con los presos comunes para evitar enfrentamientos. En la jerga tumbera o carcelaria son llamados “ortibas” (batidores o buchones).

—Lo que voy a decir —aclara Robledo— lo piensan todos los que están confinados en esta prisión, sean chorros, asesinos, violadores o expolicías. Para sobrevivir en la cárcel hay que sospechar de todos. Nunca le doy la espalda a nadie. En este momento estoy mirando esa puerta, detrás suyo, por si alguien entra a atacarnos. En todos estos años han intentado matarme más de una vez.

—¿También sospecha de los periodistas que quieren entrevistarlo?

—No hace mucho me entrevistó un periodista. Le contesté las preguntas pero no dejé fotografiarme. Cuando se fue dejó oculto un micrófono en ese lugar (señala un armario de madera ubicado en un rincón, al lado de una lámina de José de San Martín, de esas que salían en las revistas escolares para las fechas patrias). Seguro que lo mandaron los jueces para hacerme una trampa.

—¿Cómo se enteró de que había un micrófono?

—Porque se escuchan ruiditos insoportables: beeep, beeep, beeep. Ya los va a escuchar. Ya los va a escuchar.

Robledo se acerca al armario, pide silencio y se queda varios segundos con el oído derecho apoyado sobre uno de los costados del mueble despintado. Tiene la misma postura que alguien toma cuando quiere escuchar una conversación detrás de una puerta.

—Ahora no se escucha nada; cosa ’e mandinga. Lo único que falta es que piense que todo esto es un bolazo —dice resignado.

—¿Por qué querrían asesinarlo?

—Siempre quisieron matarme. Sé muchas cosas. Mi causa fue armada por dinero. Tenían que encontrar un culpable a toda costa. Confesé que había matado a todas esas personas porque habían amenazado con asesinar a mis pobres padres y me torturaron, pero fueron peores los tormentos psicológicos. ¿Sabe una cosa? —dice y hace una pausa de cinco segundos—. Siempre pienso que algún día me van a mandar un sicario para matarme como a un perro. Me sorprende que aún no lo hayan hecho. Estoy preparado para ese momento. Sabré defenderme.

—¿Quién le mandaría un asesino a sueldo?

—Usted es muy ingenuo. Hay cosas que no sabe. De hecho, cuando me encarcelaron injustamente seguro que usted no había nacido o estaba en los huevos de su padre. Le hablo así, en criollo, para que entienda, sin medias tintas. Así se habla de hombre a hombre. Los jueces me quieren ver muerto... me quieren ver muerto para que no moleste. Dicen que soy peligroso para la sociedad. ¡Están locos! La sociedad es peligrosa para mí. No soy dañino ni para mí mismo. Por eso creo que me van a matar, para que no estorbe pidiendo la libertad. Si me pasa algo, usted sabrá qué escribir. Me sorprende que los jueces de San Isidro no me hayan mandado un sicario.

A poco más de trescientos cincuenta kilómetros de Sierra Chica, en los Tribunales de San Isidro, los camaristas que el 5 de junio de 2008 le negaron la libertad consideraron que Robledo Puch sigue siendo un peligro para la sociedad. Todavía recuerdan la frase que pronunció el asesino ante un perito judicial antes de oír, el 27 de noviembre de 1980, que lo condenaban a cadena perpetua: “Algún día voy a salir y los voy a matar a todos”. Cuando los camaristas de la Sala I de la Cámara de Apelaciones de San Isidro le preguntaron si quería decir sus últimas palabras, Robledo fue más cauto: “Esto es una farsa. Es un circo romano”. Durante las audiencias del juicio oral se la pasó respondiendo cartas de admiradoras que le proponían visitas íntimas.

En todos estos años, Robledo nunca había mostrado interés por recuperar la libertad. Se había resignado a morir en su celda. No le interesaba pedirle a su abogado que presentara un escrito. Además lo atormentaba saber que nadie lo esperaba afuera. Ni una tía, ni un primo, ni un familiar lejano. Ni un pastor evangélico.

Pero una noche, mientras miraba el noticiero, cambió de opinión al enterarse de que al múltiple homicida Ricardo Barreda —el odontólogo platense que se hizo famoso por matar a escopetazos a su esposa, su suegra y sus dos hijas porque lo llamaban “conchita” y le hacían limpiar la casa— le habían otorgado arresto domiciliario por buena conducta y porque su nueva novia le ofrecía alojamiento en su departamento de tres ambientes en el barrio de Belgrano de la Ciudad de Buenos Aires.

Inspirado por ese caso, Robledo pidió su libertad por agotamiento de pena, pero los jueces se la negaron con el argumento de que durante su estadía carcelaria nunca se preocupó por estudiar, trabajar o crear lazos afectivos con el exterior. “Lo único que falta es que tenga que inventarme una noviecita como el viejo Barreda”, se quejó Robledo. Aún lo agobia una contradicción: luchar por la libertad o resignarse al encierro eterno. “Añoro el mundo exterior porque no he vivido nada, pero sé que afuera podría morir de tristeza, lejos de los muros. Sea adentro o afuera, hay una realidad: mientras todos se van en libertad, yo estoy muriéndome de a poco en este calvario”, confiesa. Durante el tiempo que lleva preso, en el país pasaron dos dictaduras y doce presidentes democráticos.

En cada visita que hacía a la cárcel de Sierra Chica, los olores y los ruidos se volvían más familiares. El olor a encierro (esa mezcla de humedad, papa hervida con cáscara, vaho, transpiración y grasa recalentada) era insoportable y se impregnaba en la ropa como el humo.

Una mañana en la que los gritos de los presos que salían al patio se escucharon en la sala de entrevistas con más claridad que otras veces, Robledo Puch me invitó a su celda, pero antes tuvo que resolver un problema: la desaparición de Kuki, su vieja gata grisácea de ojos verdes. La buscó por los pasillos de los pabellones. Corrió como una marioneta, en puntas de pie, con los hombros levantados y los brazos pegados al cuerpo. “¡Miau, miauuu!, ¡dónde te metiste!, ¡te quiero presentar a un amigo!”, la llamó con voz chillona. La mascota apareció cinco minutos después en el taller del penal. Robledo la abrazó (la gata se mostró esquiva), le dio un beso y confesó:

—Hace trece años que esta gatita duerme conmigo, acurrucada en mi cama. Es lo único que tengo en la vida. Hasta mis familiares se mutilaron el apellido por vergüenza.

En la pequeña celda que ocupa en el pabellón 10 —en la jerga, llamado “pabellón rosa” o de homosexuales— las paredes (pintadas de celeste, azul, rosa y amarillo) son de granito, material que se congela en invierno y hierve en verano; no hay cuadros ni adornos: sólo CDs pegados con Plasticola (los usa de adorno) y un espejo sucio. Hay una pequeña repisa de tres estantes con ropa apilada. En una mesa improvisada con un cilindro de madera hay una olla con olor a guiso. La puerta cerrada con candado tiene un pasaplatos; a veces los presos sacan por ese agujero un espejito para mirar los pasillos o verse las caras mientras conversan. Sobre un pequeño estante hay un televisor blanco y negro de catorce pulgadas que le ofrece a su dueño la única versión actualizada que tiene del mundo exterior. Robledo mira noticieros, películas de acción y programas ...
Fuente:

Palacio, Rodolfo. La feroz vida de Carlos Robledo Puch, Sudamericana 2017 www.megustaleer.com.ar/libro/el-angel-negro/AR31045/fragmento/

miércoles, 7 de junio de 2017

¿Cuál es el sentido, exactamente, de “decirlo todo”? ¿Equivale a hablar de cualquier cosa, sin moderación y sin freno, sin hacer una selección?

Durante años hemos leído, como si fueran la transcripción fiel de su palabra, las conocidas conferencias pronunciadas por Michel Foucault en 1983 en la Universidad de California en Berkeley. Pero se trataba sólo de piezas parciales, de resúmenes. 
Ahora Siglo XXI editores de Argentina presenta  por primera vez en versión completa, esa serie de conferencias, que constituyen en realidad un seminario sobre el concepto de parresia, término griego que significa “decirlo todo”, y sus relaciones con la verdad y el coraje. A este corpus se suma una extensa conferencia pronunciada en Grenoble en 1982, inédita en español.
¿Cuál es el sentido, exactamente, de “decirlo todo”? ¿Equivale a hablar de cualquier cosa, sin moderación y sin freno, sin hacer una selección? Interrogando textos de la Antigüedad griega y latina, Foucault traza los usos y los contextos históricos de una práctica discursiva que se apoya en el derecho y la libertad de expresar una verdad, aun a riesgo de generar ira, rechazo o represalias. Así, dentro de un programa de historia del pensamiento –ya madurado en sus estudios sobre sexualidad, locura y castigo–, señala el peso ético y político de la parresia, en la medida en que está en las antípodas de la adulación o la demagogia y pone en juego la valentía de quien, para bien de su comunidad, se atreve a enunciar públicamente verdades que pueden resultar desagradables. También, con gran claridad expositiva, resalta la valentía del sujeto que puede aceptar una palabra exterior franca y sin concesiones sobre su propia conducta.
Eslabón decisivo para entender en toda su dimensión el aporte conceptual del “último Foucault”, un Foucault preocupado por el cuidado y el gobierno de sí y de los otros, estas conferencias muestran hasta qué punto el “hablar verdadero” significaba para él resituar la filosofía como crítica, coraje del pensamiento y poder de transformación de uno mismo, de los otros y del mundo.
Fuente:
Foucalt, Michel. Discurso y verdad, conferencias sobre el coraje de decirlo todo. Grenoble, 1982. Berkeley, 1983
Traducción de Horacio Pons
http://www.sigloxxieditores.com.ar/fichaLibro.php?libro=978-987-629-729-5&utm_source=emBlue&utm_medium=email&utm_campaign=Novedades%202017&utm_content=Novedades%20mayo--Novedades%20de%20mayo%20y%20actividades%20de%20Siglo%20XXI%20en%20la%20Feria%20del%20Libro&utm_term=multiple--4--Foucault--50-60--ENVIO%20SIMPLE

martes, 6 de junio de 2017

A PARTIR DEL DERROCAMIENTO DE ILLIA, ARGENTINA FUE ABSORBIDA POR UN TORBELLINO QUE LA EMPUJÓ HACIA LA DECADENCIA QUE AÚN NOS CUESTA REMONTAR ( MARCOS AGUINIS)

Dueño de una aguda mirada sobre la historia y el presente, Marcos Aguinis reúne  en "Incendio de Ideas"( Sudamericana) un conjunto de indispensables reflexiones sobre los más diversos temas: del "ser nacional", el destino latinoamericano y el incendio que devora a Medio Oriente, a los horrores del nazismo y la esclavitud y los goces de la creación literaria y artística.
Las ideas pueden compararse con el fuego: así como nos iluminan y encienden la llama de la creación, pueden quemarnos y reducirlo todo a cenizas, señala el autor de la Gesta del Marrano.
 A Marcos Aguinis ha hecho de las ideas la materia prima de su fecunda obra. Fragorosas y urgentes en ocasiones, atemporales y con vocación perenne casi siempre, sus reflexiones -que tienen inscripto en su ADN conocimiento profundo del pasado y lúcida voluntad de proyección sobre el futuro- han llevado luz y calor a varias generaciones de lectores. Este libro reúne un conjunto indispensable de sus ideas sobre los más diversos temas: las cualidades menos felices de nuestro "ser nacional", el laberinto en que se encuentra atrapada América latina, los nuevos populismos, el incendio que devora a Medio Oriente, el sello revolucionario de marxismo y psicoanálisis en los siglos XIX y XX, la encarnación del Mal en la esclavitud y el nazismo, la del Bien -por qué no- en la literatura de Borges, Kafka, Dumas y la pintura de Frederic Remington o la música de Camille Saint Saëns. Nada le es ajeno: Aguinis piensa el mundo en que vivimos, piensa la historia; descubre, comparte y se enciende.

Si bien advierte que algunos párrafos parecerán viejos, entienden que servirán para la comprensión  de la actualidad , pues  testimonian el camino andado. y son parte de la historia. Y la historia es útil cuando los rasgos mundiales se complican, como está sucediendo ahora con huracanada intensidad.

En ese Incendio de ideas, de conflictos e irracionalidades, decide Aguinis recordar a quien apoda " El Gandhi de la política argentina ", a Arturo Illia, a quien las fuerzas Armadas al mando de un general mediocre en todos los sentidos lo derrocó ayudado por corporaciones empresarias y una feroz campaña de prensa que lo denostaba y se burlaba de él comparándolo con una tortuga.

Esta es la lectura de Aguinis sobre Arturo Illia

Hace medio siglo, cuando un matón de las Fuerzas Armadas que ignoraba las instituciones de la democracia —como es el caso de millones de argentinos antes y ahora— irrumpió en la Casa de Gobierno a la cabeza de otros forajidos para expulsar al presidente de la Nación llamado Arturo Illia, éste, con hidalguía ejemplar le reprochó: “Soy el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y usted un vulgar faccioso que usa sus armas y soldados para violar la ley”.

Pusieron fin a uno de los gobiernos más limpios y progresistas del siglo XX. A partir de ese instante la Argentina fue absorbida por un torbellino que la empujó hacia una decadencia que aún nos cuesta remontar.

Arturo Illia nació con el siglo, en 1900, en Pergamino. Se recibió de médico en la Universidad Nacional de Buenos Aires, donde inició su pugilato político mediante un abierto apoyo a la Reforma Universitaria de 1918. Su desempeño suscitó el interés del presidente Hipólito Yrigoyen, quien le recomendó mudarse al pueblo de Cruz del Eje, al noreste de Córdoba, para atender a los miles de obreros que trabajaban en sus talleres ferroviarios.

Para mantenerse actualizado en su desempeño, viajaba a menudo al Hospital Español de la capital de la provincia. Encontraba tiempo para asistir también a reuniones políticas. En pocos años sus pacientes se convirtieron en legión. No se limitaba a recibirlos en su estrecho consultorio o atenderlos en los dispensarios, sino que hacía preparar los remedios en las farmacias (entonces no abundaban los específicos) y los llevaba personalmente a los enfermos que no podían desplazarse. Carecía de auto, de modo que sus viajes se hacían en bicicleta, sobre el lomo de un caballo, en sulky o a pie.

Fue uno de los primeros políticos en denunciar el fascismo de Mussolini y el nacionalsocialismo de Hitler con una claridad que produjo asombro. Su palabra serena, pero bien fundada, comenzó a resonar. En 1938 fue elegido diputado provincial. Fue el año en que se producía un avance nazi desenfrenado, con la anexión de Austria y la criminal Noche de los Cristales Rotos. En Buenos Aires tuvo lugar una ensordecedora manifestación nazi en el Luna Park, con banderas y uniformes partidarios, al tiempo que se celebraba el avasallamiento de todas las instituciones alemanas democráticas de la Argentina. Las expresiones de Arturo Illia contra la mentalidad totalitaria aumentaron su visibilidad y en el año 1940 ganó el cargo de vicegobernador de Córdoba.

El mundo caía bajo la seducción del fascismo. El derrocamiento de Yrigoyen, ocurrido una década antes, seguía fascinando a las mentes antidemocráticas y estimuló a quienes añoraban otro golpe. La Segunda Guerra Mundial estaba aún distante de su fin. Y el 4 de junio de 1943 estalló el golpe de Estado que propiciaba un franco vuelco hacia el fascismo. Illia fue expulsado sin miramientos. El panorama político se tornó insalubre. Una marchita titulada “Cuatro de junio” debía ser cantada hasta en las escuelas, y fue la precursora de la “Marcha Peronista”. Aún recuerdo su letra y ritmo triunfal.

Desilusionado y sin recursos, Illia proyectó regresar a Pergamino. No imaginaba la reacción de la gente, porque de inmediato se expandió una popular colecta para comprarle una vivienda. Muchos años después, cuando la visité —convertida ahora en un museo— abrí el libro con la lista de los contribuyentes. Me emocionó descubrir el nombre de mi padre, que regentaba una modestísima mueblería. También miré con otros ojos su estrecho consultorio, adonde me llevaban cuando niño. Lo vi más pequeño del que atesoraba mi memoria, así como su dormitorio y comedor. Pero estaba la famosa palangana, una suerte de gorra. Allí sus pacientes depositaban los honorarios según les pareciera, y los que no podían pagar se iban con un apretón de manos. Cuando un paciente le informaba que no tenía dinero para comprar la medicina que recetaba, el doctor Illia guiñaba hacia la palangana y decía: “Lleve cuanto necesita”.

Pronto fue elegido diputado nacional. Integró el famoso Grupo de los 44. Eran fieros políticos radicales que hacían frente a los abusos del poder, con riesgo de sus vidas. Recuerdo que a veces íbamos a la estación ferroviaria para recibir a un pariente de Córdoba y encontrábamos a su esposa, que venía a esperarlo. Su trayecto incluía el tramo ida y vuelta Cruz del Eje-Córdoba-Buenos Aires. Ella le confesaba a mi madre sus temores, porque se negaba a proveerse de custodia. Cuando aparecía Illia, además de su maleta, portaba un libro en la mano. Las veces en que coincidí con él en mis traslados a Córdoba, siempre llevaba un libro que leía cuando los demás pasajeros lo dejaban descansar.

Salteo el lapso que tardó en llegar a Presidente de la Nación. El Premio Nobel Luis Federico Leloir, que no se caracterizaba por involucrarse en política, tuvo el coraje de refutar a quienes pretendieron disminuir la herencia de Arturo Illia con estas palabras: “La Argentina tuvo una brevísima Edad de Oro en las artes, la ciencia y la cultura: fue de 1963 a 1966”.

En efecto, la inversión en Educación que realizó su gobierno fue la más elevada de la historia, porque lo llevó del tradicional 12% al 23%. Puso en marcha un dinámico plan de alfabetización que movilizó recursos para todas las edades y clases sociales. Su ambición didáctica hacía recordar los afanes de Sarmiento y Avellaneda.

Conformó un gabinete con figuras brillantes, muchas de las cuales integraron después los equipos de Raúl Alfonsín. Tuvo una esclarecida visión sobre las coordenadas de la política mundial y las aprovechó con un ímpetu que parecía contradecir su espíritu pacífico. Ordenó, incluso contra la opinión de muchos consejeros, que se exportase sin ningún tipo de limitaciones. Uno de los destinos más riesgosos fue China, que arrojó buenos dividendos y no produjo choques con las potencias que preferían seguir manteniéndola aislada. Innovó como ningún otro gobierno argentino en la disputa sobre las islas Malvinas, porque consiguió que Gran Bretaña aceptase negociar su soberanía política mientras avanzaban las buenas relaciones con los isleños. Estos avances fueron demolidos por la patriotera agresión de Galtieri.

Puso en marcha una temeraria Ley de Medicamentos que lo enfrentó a poderosas corporaciones. En contra de lo pronosticado, Illia volvió a triunfar. También consiguió un nuevo Estatuto de los Partidos Políticos y eliminó las proscripciones al peronismo y el comunismo. Promulgó disposiciones contra la violencia racial.

Hizo crecer la economía como nunca antes. Ruego leer con atención los datos siguientes, aunque parezcan aburridos. El PBI, luego de un retroceso en 1963, creció más del 10% en 1964 y otro 9% en 1965. Lo mismo pasó con el Producto Bruto Industrial, que luego de un retroceso en 1963, creció un 19% en 1965. Disminuyó la deuda externa de 3.400 millones de dólares a 2.600. Hizo crecer el ingreso de los trabajadores: sólo entre diciembre de 1963 y diciembre de 1964 aumentó un 9,6%. Bajó la desocupación del 9% en 1963 al 5% en 1966. Gobernó sin estado de sitio, combatió la incipiente y sanguinaria insurgencia guerrillera con la fuerza de la ley. Fue un celoso defensor de la independencia de los poderes y de la libertad de prensa. Promovió el desarrollo de la hidroelectricidad impulsando, entre otros, el proyecto de la represa de Salto Grande.

Los evidentes éxitos de su gestión austera y dinámica eran saboteados con una hostilidad que ahora resulta increíble. Había una intención delirante por sacarlo del poder a cualquier precio, y no se entiende por qué. La prensa mejor pensante no valoraba su lúcida calidad de estadista. Vale la pena recordar que Ramiro de Casasbellas, periodista de Primera Plana que no cesaba de calumniarlo, reconoció tardíamente que “el gobierno de Don Arturo Illia no abusó un milímetro de sus poderes. Al recato de su mando lo denominamos ‘vacío de poder’; al irrestricto cumplimiento de las leyes, ‘formalidad democrática’; a la moderación ‘lentitud’; a la labor silenciosa y certera, sin autobombos ni desplantes, ‘ineficacia’; al repudio de la demagogia, ‘sectarismo’; al ánimo de concordia, ‘falta de autoridad’; y a la severa reivindicación de una doctrina nacional, popular y cristiana, ‘exigencias de comité’. Pero éramos nosotros los sectarios, los que carecíamos de autoridad”.

A veces Arturo Illia salía de la Casa Rosada para tomar un poco de aire, con nostalgia, quizás, de las sierras cordobesas. Evitaba el acompañamiento de los custodios y saludaba a quienes se acercaban. Pero ese gesto de humildad fue descalificado por una imagen que se tornó cotidiana, en la que el Presidente aparecía en la Plaza de Mayo con una paloma sobre su cabeza. Otras escapadas las solía hacer al Teatro Colón, para escuchar música clásica desde un balcón lateral, casi invisible.

En la trágica madrugada del 28 de junio de 1966 la Casa de Gobierno fue invadida por militares que, años después —algunos— manifestarían su arrepentimiento. Arturo Illia se mantuvo en vigilia para enfrentarlos. Su poder estribaba en la legitimidad de su cargo y la ética de su conducta. Los recibió con dignidad cesárea, los descalificó, los retó. Sin miramientos fue sacado a empellones del despacho presidencial. Cuando llegó a la calle detuvo un taxi y se marchó a la casa de su hermano en las afueras de la Capital Federal. Pese a la campaña de desprestigio que intentaba ensuciar su tarea, no pudo encontrarse un solo cargo de corrupción en todo su mandato, ni siquiera en alguno de sus colaboradores.

Renunció a su jubilación de Presidente y, en algunas ocasiones, se puso a trabajar en la panadería de un amigo. Vendió su auto (por fin se había comprado uno) para pagar el tratamiento de su esposa. No abandonó la política, sino que continuó frecuentando a miles de correligionarios que identificaba con nombre y apellido. Como si su trayectoria hubiese sido dibujada con detalles emblemáticos, falleció a comienzos del año 1983, cuando se recuperó la democracia. Su carácter, modestia y jerarquía moral lo convierten en el Mahatma Gandhi de la política argentina.


Fuente:
Aguinis, Marcos,
Incendio de ideasLo que el siglo XXI tiene para aprender del siglo XX, Sudamericana, Buenos Aires, 2017.
http://www.megustaleer.com.ar/libro/incendio-de-ideas/AR29870

lunes, 5 de junio de 2017

El RODRIGAZO CON SU BRUTAL ESTAMPIDA INFLACIONARIA LE ABRIERON LA PUERTA A LA ESPECULACIÓN FINANCIERA Y ENDEUDAMIENTO FORZOSO QUE LA DICTADURA PUSO EN MARCHA

El 4 de junio de 1975, Celestino Rodrigo, el ministro de Economía del desgobierno de Isabel Perón pasó a la historia, su apellido quedó asociado a la catástrofe, El “Rodrigazo” destrozó en un solo día la economía argentina. Sus medidas, parte de la cirugía mayor sin anestesia que serían corrientes en el futuro provocaron la devaluación del peso del 160 por ciento, el dólar comercial llegó 26 pesos, en tanto que el dólar financiero pasó de 15 a 30 pesos, inventándose un “dólar turista” que se fijó en 45 pesos.

En su viaje rumbo a la asunción dos días antes había declarado “Mañana me matan o mañana empezamos a hacer las cosas bien”. Y ya en funciones anticipó: “Las medidas que vamos a implementar serán necesariamente severas y durante un corto tiempo provocarán desconcierto en algunos y reacciones en otros. Pero el mal tiene remedio”. Además identificó a quienes consideraba sus enemigos la guerrilla , por un lado (Montoneros , representantes de la izquierda peronista y el ERP, de orientación trotskista, los “subversivos” como los llamarían los militares , mientras que en la economía su oposición era “ la especulación, de alentar a la población al ahorro”

El economista Claudio Lozano, opinó sobre aquel suceso “El Rodrigazo fue el primer intento de poner en marcha el ajuste neoliberal y el mecanismo para quebrar la resistencia impuesta a los sectores populares,

Según Restivo y De la Torre, autores de El Rodrigazo, 30 años después “ Fue un brutal ajuste que iba a ser el principio del más trágico y profundo cambio de modelo económico, caracterizado por la concentración de la riqueza y la pérdida de conquistas históricas de los trabajadores, allanando a Martínez de Hoz la implantación de la política neoliberal”, la pata de la represión económica pergeñada por la dictadura militar, institucionalizada apenas nueve meses después.

Restivo y De la Torre, coincidieron “Hubo, deliberadamente, un empujón al descalabro. La idea era generar una “estampida inflacionaria que licuara la deuda privada”, en aquella época casi toda en moneda nacional, que rompiera el control de precios contra el que despotricaban las empresas y que beneficiara sobre todo a las compañías exportadoras, vía devaluación

El desastre, avalado por dos de las mentes más nefastas de la historia argentina. Desde la planificación por Ricardo Zinn, segundo en la jerarquía del ministerio y verdadero mentor del plan (luego , en la dictadura colaboraría de Martínez de Hoz , pasaría por el Banco de Italia y Río de la Plata (ligado al grupo Fiat) y presidente de Sevel, una de las empresas de grupo Macri, mientras que desde lo político, el apoyo vendría desde José Lopez Rega, ex secretario privado de Perón durante el exilio del general en España, ministro de Bienestar social fue secretario privado del líder peronista durante su exilio en España, luego ministro de Bienestar Social de Perón en su tercera presidencia , mano derecha de Isabelita y finalmente creador de la Triple A, la banda parapolicial, cuyos métodos de secuestro y asesinato preludiaron a la dictadura que formalmente desde el 24 de Marzo de 1976 , instauró el terrorismo de Estado con su plan sistemático de desaparición de personas.

En síntesis, el Rodrigaz de Junio de 1975, cuando el caos en el que cayó la Argentina después de la muerte de Perón y que su viuda , en su ineptitud jamás supo corregir, fue el prefacio de la dictadura en toda su dimensión . Se aniquiló en un día el aparato productivo, se permitió destrucción de parte de los logros de los trabajadores y dejó las puertas abiertas para que los militares ( que ya las tenía abiertas para la represión con los decretos de aniquilación de la subversión) con el acompañamiento estelar del empresariado , motoricen el terrorismo de Estado.
Como concluye Lozano “ A Martínez de Hoz, las medidas del Rodrigazo le ahorraron una etapa de su futuro plan de desnacionalizaciones, especulación financiera y endeudamiento forzoso. Sus primeras medidas en abril de 1976 no supusieron una ruptura con la política económica que dejaron instalada Rodrigo y Zinn, sino su continuación en un contexto político diferente y ya sin ninguna posibilidad de procesamiento democrático de las decisiones”.

Fuentes:
Restivo, N. y Dellatorre, R. , El Rodrigazo, Treinta años despúes, Capital Intelectual, Buenos Aires, 2005.
El Adelantado Don Rodrigo, Página 12, 5 de Junio de 2005

Dómina, Esteban, Aquel Rodrigazo de 1975, La Voz, 24 de Enero de 2014

viernes, 2 de junio de 2017

MARCHA NI UNA MENOS : EL VERDADERO PROBLEMA NO SON LAS LEYES, NI SU IMPLEMENTACIÓN , FALTA CONCIENCIA SOCIAL SOBRE EL FENÓMENO, LA MAYOR RESPONSABILIDAD RECAE EN LOS GOBIERNOS NACIONALES Y PROVINCIALES QUE POCO HAN HECHO AL RESPECTO AL IGUAL QUE LA JUSTICIA ( ESTUDIO DE LA UBA, JUNIO DE 2015)

Un informe publicado a  pocos  días de la primera marcha  del Nunca Menos de  2015  por el  Centro de Opinión Pública y Estudios Sociales ( Copes), de la facultad de Ciencias Sociales de la UBA , relevaba las sensaciones que había suscitado entre  281 mujeres de distintos lugares, edades y trayectorias que se acercaron con sus amigos y amigas a la Plaza del Congreso a la primera marcha del Ni Una menos , que plasmaba el hartazgo de la violencia de género profundizada ya no sólo en los golpes, sino también en la creciente aberración de los asesinatos .
Vale aclarar que las mujeres encuestadas afirmaron no tener ningún tipo de militancia. De todos modos se hicieron presentes expresando  sus ideas sobre lo que había ocurrido el 3 de Junio de 2015 en una marcha que fue descripta como “espontánea” , aunque no despreciaron el rol de los medios en la visibilización y difusión

Si bien se tomaron varios puntos, destacaremos en primer lugar el desconocimiento del contenido  de la Ley 26.485 de Protección Integral para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres, sancionada en el año 2009 y reglamentada en el 2010. Enfatiza el estudio que las dos terceras partes de las mujeres afirmó conocer o haber escuchado hablar sobre la Ley 26.485 . De ellas,  el  33%  respondieron,  conocían  de su existencia, mientras que otros 33 % no pudieron hacer referencia sobre en qué consiste la misma, finalmente   el tercio restante siquiera ha escuchado hablar de la legislación.
Entendieron las mujeres que se notaban grandes falencias ( de hecho la marcha fue organizada por la Casa del Encuentro y distintas ONGs y no por el gobierno liderado en aquel momento por Cristina Fernández de Kirchner).Para la mayoría de las encuestadas (52%) existen las leyes necesarias para trabajar sobre la violencia de género, pero un 36% destaca que aun así, la justicia no las cumple como debiera y muchas veces termina inclinando la balanza para el lado de los agresores. No podemos dejar de mencionar, agrega el estudio:  un importante 29% que entiende que el verdadero problema no son las leyes ni su implementación sino que la sociedad no se encuentra lo suficientemente sensibilizada sobre el tema.

Añadía la investigación de 2015 “A la hora de pensar en qué medida los gobiernos municipales, nacionales y provinciales se ocuparon de la problemática de género en los últimos años, el 80% de las encuestadas entienden que se ha hecho poco o nada al respecto, pero el grueso de la responsabilidad parecería recaer en la Justicia y en la falta de conciencia social”.

Al ser indagadas por las expectativas que generaba la marcha movilización del Ni Una Menos hacia el futuro  y en dónde enfocarse para trabajar la problemática de la violencia , marcaban como En lo que refiere a deudas pendientes  :” Es fundamental  su tratamiento y reiteración  en todos los niveles del sistema educativo”. En tanto  que el trabajo en herramientas para que las mujeres salgan de las situaciones de violencia, como asesoramiento psicológico y jurídico, licencias laborales etc. se destaca en segundo lugar con un 26%.

Finalmente un 10% se reparte entre las que piensan que el tema debe abordarse trabajando con las personas agresoras o limitando la difusión de mensajes y/o publicaciones mediáticas que denigran o atentan contra la dignidad de la mujer:

Esperaban las 281 mujeres encuestadas que la marcha  Ni Una Menos  tenga el impacto suficiente para pensar en los efectos y repercusiones del día después. Una vez más todas las miradas esperanzadoras están puestas en la justicia y en la sociedad: un 32,1% de las mujeres encuestadas que dijeron presente el 3 de Junio de 2015 , esperaban  que la justicia responda de manera más rápida y eficaz ante las denuncias de violencia de género mientras que un 30,5% anhela que se adquiera mayor conciencia social. El tercio restante oscila entre esperar que el Estado invierta en políticas públicas capaces de abordar de manera integral la problemática (18%), que se cumpla la ley 26.485 en su totalidad (13,2%), y que la violencia mediática se acabe instando a los medios de comunicación a cambiar su manera de tratar la información relacionada a los hechos de violencia hacia las mujeres (4%).


 Fuente:
Estudio de Opinión Pública Marcha “Ni Una Menos” 3 de Junio de 2015, Centro de Opinión Pública y Estudios Sociales ( COPES), Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires ( UBA), Junio de 2015 http://www.sociales.uba.ar/wp-content/blogs.dir/219/files/2010/11/encuesta-ni-una-menos-COPES-INFORME-FINAL-enero-2016.pdf

jueves, 1 de junio de 2017

EL CONURBANO BONAERENSE ES UN COLLAGE DIFÍCIL DE COMPRENDER: CONVIVEN PUNTEROS Y BARONES CON LA AUSENCIA DEL ESTADO , LA ILEGALIDAD EN CIRCUITOS CLANDESTINOS , LA OCUPACIÓN DE TIERRAS , EL NARCOTRÁFICO Y EL TRABAJO ESCLAVO ( ESTUDIO-INVESTIGACIÓN, 2017)

"Conurbano infinito, actores políticos y sociales, entre la presencia estatal y la ilegalidad", lleva por nombre la investigación compilada por el politólogo y sacerdote jesuita por Rodrigo Zarazaga y por Llucas ronconi, Economista y doctor en Políticas Públicas y publicado por Siglo XXI Editores .


Ambos centran su trabajo en el Conurbano bonaerense, que a pesar de su cercanía a con la Ciudad Autónoma de Buenos Aires., está más lejos de la capital que lo que indican los mapas." Emerge desigual y con notables deficiencias de bienes públicos. Calles asfaltadas y de tierra, villas, asentamientos y clubes privados, basureros ilegales y zonas turísticas integran un singular collage difícil de comprender, pero sobre todo de gobernar", definen.

Conformado por 33 municipios que suman sólo el 0,5% del territorio argentino, pero concentran a 15 millones de personas (de los cuales más de un tercio son pobres, y un 7%, indigentes), resulta tan fascinante como aterrador. Con un 28% de los votantes a nivel nacional y un 75% de los de la provincia, la región es crucial en toda contienda electoral. A cargo de un equipo de destacados investigadores, encabezado por Rodrigo Zarazaga S.J. y Lucas Ronconi, esta obra traza un agudo análisis del accionar de los principales protagonistas del Conurbano: quiénes son y cómo operan punteros y barones, movimientos de desocupados y partidos políticos. Pero también nos aproxima a los problemas más acuciantes que afectan a sus habitantes: la ausencia del Estado allí donde más se lo precisa, o su presencia ilegal en connivencia con circuitos clandestinos, como el fenómeno de La Salada, la ocupación de tierras, el narcotráfico, la trata de personas y el trabajo esclavo.

Escrito con rigor y sin concesiones, Conurbano infinito contribuirá sin duda a colocar en el centro del debate la realidad apremiante de una región que los políticos deben atender, para que de ahí surjan las respuestas necesarias que el Estado tiene que brindar a sus habitantes, especialmente a sus millones de pobres.

Escriben en este volumen: Matías Dewey, Candelaria Garay, Eugenia Giraudy, Jorge Ossona, Lucas Ronconi, Pablo Semán, Mariela Szwarcberg Daby, Rodrigo Zarazaga S.J.

Fuente: "Conurbano infinito, actores políticos y sociales, entre la presencia estatal y la ilegalidad",Rodrigo Zarazaga (comp)  ,  Lucas Ronconi (comp)  


http://www.sigloxxieditores.com.ar/fichaLibro.php?libro=978-987-629-736-3